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4 Agosto, 2017 Que pase el acusado. Cine Jurídico.

La dignidad de un hombre libre

Eduardo Torres Dulce

El_sargento_negro_Id8440_1_1960El relato de ‘El Sargento negro’, es en realidad la crónica de una corte marcial formada para juzgar los graves crímenes de los que se acusa a Rutledge y cuyo guión, original de James  Warner Bellah y Willis Goldbeck, ofrece narrativamente una sucesión de flash backs merced a los cuales vamos conociendo qué ocurrió aquella noche en la vivienda del Mayor Dabney, comandante en jefe de la guarnición de Fort Linton.

Por supuesto que la historia de la corte marcial abierta contra un soldado ejemplar como es el Sargento Primero Braxton Rutledge (encarnado por un conmovedor Woody Strode), en manos de Ford y de sus guionistas, se transforma en una causa abierta contra la intolerancia y los prejuicios, un alegato en favor de los más débiles en una estructura social dominada por los más fuertes.

Ford utiliza su satírico humor irlandés y su veta shakespeariana para llenar el juicio de notas de comedia, a veces de comedia bufa, como las relaciones de Fosgate con su esposa Cordelia o con el Teniente Mulqueen (Judson Pratt), su irreverente colega de tribunal. Aún es más poderosa la imagen del agrio y agresivo fiscal militar, el Capitán Shattuck (Carleton Young ), inmisericorde en su plan de obtener la condena de Rutledge con base de evidencias circunstanciales acusatorias y sin observar la decencia, como le recuerda el abogado defensor, el teniente Cantrell (Jeffrey Hunter), de la imparcialidad a la que le obliga, e ignora, el Código Militar, y cuya explosión racista en el alegato final no es sino la decantación de algo que subyace y corroe a la sociedad blanca que domina.

De manera  ejemplar, como si Ford hubiera colocado a esa hipócrita y racista sociedad militar y civil de  Fort Linton, la intriga de la trama de ‘El sargento negro’ se resuelve revelando cómo la violación y estrangulamiento de Lucy Dabney fue obra del taciturno Chandler Hubble (Fred Libby), un hombre blanco y respetable –es el encargado de la tienda de Fuerte Linton-, torturado por la exuberante y libre belleza juvenil de la joven, capaz incluso en su abyección,  de acusar a su hijo Chris (Jan Styne) asesinado por los apaches, de tal crimen.

Pero Cantrell es solo un alfil que recorre el tablero dramático de ‘El Sargento negro’,  la pieza que lo justifica todo es Rutledge. Entre sus pertenencias aparece un documento viejo y sensible, la manumisión de su condición de esclavo que hizo en su momento su propietario sureño. Un esclavo libre que cree en su dignidad como persona y soldado. El Noveno de Caballería, los buffalo soldiers como los designaban con temor y admiración las tribus indias (una unidad creada por el Congreso tras la Guerra Civil para soldados de raza negra mandada por oficiales blancos) es su hogar, una idea intrínsecamente fordiana, pero también  en cierta medida una isla robinsoniana rodeada de tiburones de prejuicios y tensiones.

Por eso el dramático y conmovedor estallido de Rutledge acosado por el fiscal, corroído por la injusticia de su situación, él que ha creído todas las promesas, él que cumple todas las ordenanzas, él que es el soldado ejemplar para sus hombres y para sus  superiores, confiesa a todos por qué volvió de su deserción. Mucho antes de que recibiera el documento de manumisión  de la esclavitud, allá en el Viejo Sur, Braxton Rutledge sabía que era un hombre, y esa dignidad, como la proclama ahora, con orgullo herido y emocionado ante un tribunal militar, significa que es libre y que sus derechos son inalienables digan lo que digan las leyes, la  ordenanzas y los reglamentos. La dignidad de la libertad, que debe ser ejercida y respetada por todos, nunca perecerá, pese a tiranos y a prejuicios intolerantes.

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