24 junio 2026

La otra cara del ejercicio profesional: gestionar la toxicidad en los despachos

Berta SantosPor Berta Santos

En la era de la inteligencia artificial, la práctica de la abogacía está evolucionando y cambiando la forma de ejercer la profesión. No obstante, hay algo sobre lo que la inteligencia artificial no puede influir: los comportamientos tóxicos que se producen en muchos despachos y que afectan diariamente a la salud mental de numerosos abogados.

Muchos profesionales abandonan los despachos no tanto por la carga de trabajo como por las personas con las que trabajan.

Cuando hablamos de personas tóxicas no nos referimos a alguien que tiene un mal día o que atraviesa un momento complicado, algo que puede sucederle a cualquiera. Sin embargo, ello no justifica comportamientos repetidos que generan malestar en los demás, hasta el punto de deteriorar la dignidad que toda persona merece.

La aparición de envidias, la manipulación emocional, la apropiación de méritos ajenos, el control excesivo, el perfeccionismo desmedido, la mala gestión de tiempos y plazos, la generación constante de conflictos o las faltas de respeto reiteradas son algunos de los comportamientos que muchos abogados deben soportar en su día a día.

Lo más grave es que, en ocasiones, estas conductas se permiten o incluso se normalizan, de manera que la única solución posible para quien las sufre parece ser abandonar el despacho. Esto provoca que el conflicto tóxico se perpetúe, con el consiguiente coste económico, reputacional y humano para la organización.

El sufrimiento que generan estos comportamientos puede ser muy importante, especialmente cuando algunos abogados ven mermada su autoestima y terminan creyendo los mensajes negativos que reciben, llegando incluso a cuestionar su propia valía profesional.

Para afrontar estas situaciones resulta importante tener presentes los siguientes aspectos:

  1. Reconocer la propia valía personal y profesional

Todas las personas tienen derecho a que se les reconozca su valor como seres humanos y como profesionales. La deshumanización de determinados entornos de trabajo no puede normalizarse.

Para ello, es fundamental tomar conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor y ser capaces de distinguir los hechos de las interpretaciones o manipulaciones ajenas. Ser conscientes de nuestros logros profesionales, valorar nuestro trabajo y no permitir que las competencias desarrolladas a lo largo de nuestra carrera se vean anuladas por la opinión de una sola persona.

  1. Aprender a poner límites

Poner límites es una de las mejores formas de proteger nuestro trabajo, nuestra dignidad y nuestra valía profesional.

Tener un jefe, un socio o un cliente que nos encarga un trabajo no significa que debamos renunciar a nuestros límites. Existen límites relacionados con la conciliación de la vida personal y profesional; con el respeto en la forma de comunicar críticas; con la diferencia entre la búsqueda de la excelencia y el perfeccionismo enfermizo; con el respeto a nuestras emociones, nuestra forma de ser y nuestros valores.

Proteger esos límites es una responsabilidad que no podemos delegar en los demás.

  1. Diferenciar entre el abogado que el despacho espera y el abogado que queremos ser

No existen formas de ejercer la abogacía mejores o peores de manera absoluta. Cada profesional debe descubrir cuál es la forma de ejercer que mejor se adapta a su personalidad, sus valores y sus objetivos.

Además, muchos abogados creen que el malestar que sienten responde a un conflicto con la profesión que han elegido. Sin embargo, en numerosas ocasiones el problema no es la abogacía en sí misma, sino el entorno concreto en el que se ejerce: el despacho, el equipo o incluso el tipo de clientes con los que se trabaja.

  1. Analizar la cultura del despacho

También es importante observar si la cultura organizativa del despacho premia o tolera comportamientos como las faltas de respeto, el miedo, la competitividad extrema o la sobrecarga permanente de trabajo.

En estos casos puede resultar útil plantearse algunas preguntas:

  • ¿Este entorno es compatible con mis valores?
  • ¿Puedo desarrollarme profesionalmente aquí?
  • ¿Qué impacto tiene esta situación en mi salud y bienestar?

A veces la solución pasa por intentar transformar la situación. Otras veces, la mejor decisión consiste en abandonar el despacho y buscar un entorno más saludable.

Aprender a gestionar las relaciones con personas tóxicas es una habilidad profesional tan importante como dominar cualquier materia jurídica. Establecer límites, mantener la serenidad, buscar apoyo y proteger la propia autoestima son herramientas fundamentales para preservar el bienestar personal y profesional.

La excelencia profesional no debería construirse sobre el miedo, la humillación o el desgaste emocional. Los despachos que quieran atraer y retener talento deberán comprender que cuidar las relaciones humanas es tan importante como alcanzar buenos resultados económicos. Porque un buen profesional puede soportar mucha presión, pero difícilmente permanecerá en un entorno donde se siente constantemente menospreciado, infravalorado o emocionalmente agotado.

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