06 abril 2020

El día después del abogado

José Ramón Chaves  Por José Ramón Chaves
TWITTER @kontencioso

Si el día D tuvo lugar el desembarco de Normandía y significó la proximidad del fin de la II Guerra Mundial, el día siguiente al fin del II Estado de Alarma de la España constitucional significará el día D, de demandar, abriéndose un período de indigestión de litigios de doble origen.

Por un lado, los litigios surgidos por los efectos de las medidas adoptadas durante el estado de alarma: sacrificios personales, sanciones, responsabilidades patrimoniales por decisiones erradas o servicios sanitarios deficientes, relaciones laborales y civiles perjudicadas, etcétera. Por otro lado, los litigios provocados por las medidas públicas adoptadas tras el estado de alarma, para reconstruir el Estado del bienestar y  que provocarán la reacción de quienes tengan que pagar los platos rotos o sufrir recortes en sus esferas de intereses.

En suma, infinidad de potenciales litigantes aporreando las puertas de los bufetes en búsqueda de respuestas sobre sus problemas y restablecer su pasado bienestar. Unos requerirán reclamaciones administrativas, o negociaciones entre las partes implicadas, y otros precisarán plantear denuncias o demandas ante los órganos jurisdiccionales. En unos casos, serán los abogados de oficio los que tendrán que prestar servicio y en otro los abogados de beneficio los que atenderán sus ruegos.

Serán tiempos y ocasión de reconvertir el negocio hacia donde están los focos de los litigios. Es cierto que en tiempos de crisis también hay oportunidades de negocio y el asesoramiento jurídico sirve tanto a las víctimas como a los avispados. Algunas áreas adquirirán especial protagonismo como la responsabilidad patrimonial sanitaria, los litigios planteados por profesionales de la salud frente a la Administración sanitaria, o los tira y afloja entre particulares: entre arrendadores e inquilinos, entre patronos y trabajadores, fabricante y minorista, marido y mujer, etcétera.

Los bufetes tradicionales esperarán a sus clientes con la caña del trato personalizado, aunque algunos sufrirán el viejo refrán: “el pescador de caña más come que gana”. Otros bufetes con marketing agresivo, ante tantísimo potencial damnificado, pescarán clientes por la técnica de arrastre, a fuerza de publicidad, ofertas y cantos de sirena, por aquello de “cuando el río suena, agua lleva”. Y no faltarán los que se salgan de su especialidad profesional por aquello de “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

En cualquier caso, el abogado tendrá que afrontar muchos retos en las aguas revueltas por el Estado de Alarma. Deberá escuchar con atención las circunstancias del caso y no perder de vista que el enemigo está aliado con eso que se llama fuerza mayor y que puede alzarse en disolvente de responsabilidades. Después tendrá que estudiar la prolija y cambiante normativa de excepción, con sus variadas interpretaciones que será el marco jurídico a debatir. Por último, antes de emprender la batalla, deberá advertir al cliente de los puntos débiles y fuertes del caso, así como del posible calendario de resolución del caso.

Aquí el abogado juega en un escenario de inmensa incertidumbre.  Primero, porque aunque afronte un asunto aislado, el suyo va en el rebaño de infinidad de casos similares, de manera que tendrá la fortuna o desgracia, según se mire, de abrir doctrina como un rompehielos, o ir a remolque de los precedentes que se pronuncien.

Segundo, porque por mucha diligencia que muestre el abogado en plantear su demanda con celeridad y rigor, la misma puede quedar paralizada en un embotellamiento judicial anunciadísimo; será la situación de cada Juzgado o Sala la que marcará su ritmo de impulso, lo que siempre es difícil explicar al cliente.

Tercero, porque el terreno de debate de estos litigios es de riesgo, al no existir precedentes sustancialmente idénticos, pues el contexto de estado de alarma ha sido novedoso y ha provocado un derecho líquido, en que los criterios interpretativos adquieren elasticidad ante lo excepcional.

En suma, se encarece la habilidad del abogado para comunicar al cliente las claves de un entorno jurídicamente quebradizo. Algo que resultará mas dificultoso de lo habitual, puesto que, para su desgracia, la mayoría de los clientes procederán de una situación económica precaria y quieren alimentar sus ilusiones porque de ello depende su futuro. Un gran reto para la capacidad de empatía entre cliente y abogado y sobre todo, para la honradez del abogado, que deberá tener presente que los honorarios, como su etimología indica, se justifican en su honorabilidad y ponen en juego el honor del Colegio profesional en que se integra.

José Ramón Chaves 
Magistrado
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