27 mayo 2026

Del paciente papel didáctico del abogado frente a los “inmigrantes digitales”

José Ramón Chaves Por José Ramón Chaves
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El cliente acude al despacho y espera asesoramiento y defensa de sus intereses. Corresponde al abogado escuchar pacientemente, y dirigir sabiamente la conversación, hasta que llegará el momento en que deberá informarle de algo tan elemental como lo es para un cocinero informar al comensal si la cocina es casera, precocinada o realizada por un robot.

Es importante lo qué se dice al respecto y cómo se dice, porque la brecha digital impera también entre los clientes de la abogacía, de manera que junto a nativos digitales que confían ciegamente en lo tecnológico, están los inmigrantes digitales (término debido al educador Marc Presnky) que nacidos en un entorno analógico sufren la inmersión en inquietantes claves tecnológicas y digitales (suelen ser personas que nacieron antes de la  Constitución, pues curiosamente a partir de este hito temporal tiene lugar el despegue de las tecnologías digitales).

Ya resulta incómodo para el cliente sufrir la tensión propia de un conflicto, y verse empujado a acudir a un abogado con los consiguientes costes de dinero y zozobra, por lo que hay que evitarle la molestia añadida de que se sienta transportado a un litigio en clave automatizada, algorítmica o robótica. Al fin y al cabo, normalmente su contienda suele tener la raíz en la conducta de alguien de carne y hueso (caso de pleitos civiles o laborales), o frente a personas que manejan entidades (caso de pleitos mercantiles o administrativos), o quizá se vea envuelto en lesiones de bienes jurídicos personales esenciales (como posible autor o víctima, caso del mundo penal).

Es hora de transmitir confianza al cliente. A veces se trata de abogados reticentes al uso de lo digital y de la inteligencia artificial, que alzarán una red de armonía con el cliente de la misma actitud, pero correrán el riesgo de luchar jurídicamente en inferioridad técnica, por lo que dado que la mejor defensa impone más y mejores armas, son profesionales honorables pero lamentablemente están a extinguir, pues como decían en la zarzuela de “La Verbena de la Paloma”, “las ciencias adelantan que es una barbaridad”, y solo cabe seguir el consejo de Miguel de Unamuno: “El progreso consiste en renovarse”.

Ciertamente hoy día también la inmensa mayoría de los abogados están en fase de inmersión digital, con mayor o menor intensidad, pero a corto plazo estará generalizado su uso, de igual forma que el ordenador sustituyó a la máquina de escribir, o las firmas digitales a las firmas manuscritas.

CLIENTE ABOGADO

El abogado experto percibe cuando los clientes le plantean un problema, a la vista de cómo se expresan, edad u otras circunstancias, si no están familiarizados con las nuevas tecnologías. Se impone tender puentes con ellos de comprensión, para lo cual es importante dejar claro un triple mensaje sobre la defensa de sus intereses: con qué, cómo y quién.

  • De entrada, debe dejar claro que el despacho cuenta con el auxilio de las nuevas tecnologías para facilitar la mejor defensa. Bases de datos legislativas y jurisprudenciales estarán a disposición del abogado para el mejor servicio al cliente, e incluso no está de más indicarle que precisamente ese uso de tecnologías supone un ahorro de tiempo que permite mantener los honorarios en términos accesibles y dignos.
  • Por otro lado, debe hacer hincapié en que la defensa contará con ese trabajo de campo automatizado y de investigación que brinda la tecnología, pero siempre será una labor artesanal, en el mejor de los sentidos, algo singular con atención personalizada.
  • Pero sobre todo, que la estrategia de defensa quedará depositada en lo que no puede sustituir la inteligencia artificial, en el saber hacer del letrado, fruto de su experiencia y formación, que será quien seguirá los mejores senderos para la victoria. Los litigios son humanos, demasiado humanos, y por eso, es el abogado con sus virtudes y defectos, empatía y emociones, pilotará el litigio. Es aquí, donde incluso podría bromear el abogado y comentar al cliente que “trato a la inteligencia artificial y lo que me dice, como si procediese de la parte contraria”, o sea, lo reviso, analizo y someto a reflexión.

Ahí no acaba la labor de instrucción del letrado al cliente, pues lo deseable sería garantizarle que será informado puntualmente del desarrollo del litigio, y que siempre habrá un rostro y oído para atenderle. No debe olvidarse que, inmigrantes o nativos digitales, la inmensa mayoría de los clientes prefiere la comunicación directa y oral a la fría comunicación automatizada. Es cierto que esta disponibilidad personalizada no suele imperar mucho, por los abusos de algunos clientes que atosigan con preguntas e indicaciones al letrado (fruto de comentarios con no letrados, y en ocasiones fruto de pesquisas por internet). Sin embargo, si algo  valora un cliente nacido en la década de la aprobación de la Constitución, es que no tendrá que luchar con pantallas ni teléfonos para enterarse de cómo va lo suyo.

Como complemento expositivo, la deontología del abogado impone cierta labor didáctica hacia el cliente e informarle si usará la inteligencia artificial al manejar sus datos personales. Debe hacerlo por imperativos de transparencia, ética y buen hacer, aunque en otros países, como Italia, desde 2025, en desarrollo del Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial de 2024, la Ley impone a todos los profesionales la carga de notificar a los clientes de forma clara cuando interactúan con un sistema de inteligencia artificial en vez de un ser humano, si procesan decisiones con sus datos personales, y en general sobre los contenidos relevantes que sean generados artificialmente.

Una carga adicional es deseable en el abogado, referida a lo que aguarda fuera de los muros del despacho, y consiste en informarle del estado de la tecnología en el mundo del proceso judicial en que pueden embarcarse, para que el cliente se haga una idea del terreno de lucha, y qué tiempos y formas aguardan. Y como no, de que posiblemente el abogado del adversario puede usar un poderoso equipamiento de inteligencia artificial (Legaltech de vanguardia).

Sin embargo, David pudo vencer a Goliat, y la razón en la justicia no es cuestión de rapidez, luces, sobrecarga de datos y apariencia de modernidad. Vencer judicialmente es cuestión de saber persuadir al juez con razones, con habilidad procesal y conocimientos jurídicos en pie de guerra. Bueno es estar pertrechado con la inteligencia artificial más avanzada, pero si se sabe algo de derecho, usado con la inteligencia táctica del águila (desde la altura de los principios) y no con la torpeza del papagayo (indigesto de datos generados artificialmente), se podrá vencer con orgullo, o en el peor de los casos, perder con dignidad.

En suma, felicitar o culpar al abogado de carne y hueso es algo humano, pero hacerlo con un algoritmo resulta patético, y la esencia de la abogacía es la relación de servicio entre humanos con empatía del abogado hacia la situación del cliente, y empatía del cliente hacia el esfuerzo del abogado.

 

 

 

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