Blog de Comunicación y Marketing Jurídicos
17 septiembre 2026
Por Salva Cortés, gestor administrativo y consultor jurídico
¿Se puede explicar correctamente una cuestión jurídica compleja en 60 segundos?
TikTok, Instagram, LinkedIn, YouTube o los podcasts han abierto una nueva vía de comunicación entre los profesionales del Derecho y la ciudadanía. Cada vez es más habitual encontrar abogados explicando qué hacer ante un despido, cómo reclamar una deuda, qué derechos tiene un inquilino o qué consecuencias puede tener una determinada decisión empresarial.
Tiene sentido. Si los ciudadanos están en las redes sociales, los abogados también han encontrado en ellas un espacio desde el que informar, divulgar y darse a conocer.
Los datos ayudan a entender la dimensión del fenómeno. Según la Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de la Información y Comunicación en los Hogares 2025 del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 96,3 % de la población española de entre 16 y 74 años había utilizado Internet durante los tres meses anteriores y el 92,5 % lo hacía diariamente. El mundo jurídico no ha quedado al margen. En abril de 2025, la Agencia EFE dedicaba un reportaje al crecimiento de abogados que utilizan TikTok e Instagram para acercar las leyes a los ciudadanos. Andrés Millán, conocido en redes como Lawtips, superaba entonces los 3,5 millones de seguidores entre Instagram y TikTok.
Estamos, por tanto, ante algo más que una moda pasajera. Pero quizá la pregunta no sea si un abogado debe estar o no en las redes sociales, sino para qué quiere estar.
Un abogado puede utilizarlas para acercar el Derecho a los ciudadanos, construir una reputación profesional, posicionarse como especialista, generar confianza o conseguir nuevos clientes. Todos son objetivos válidos, pero el problema aparece cuando no sabemos exactamente cuál perseguimos.
No es lo mismo divulgar Derecho que hacer marketing jurídico, aunque ambas cosas puedan convivir. Tampoco es lo mismo tener una audiencia numerosa que conseguir que quienes siguen al profesional lo identifiquen como alguien en quien confiar cuando necesiten asesoramiento.
Por eso, cualquier abogado que dedique parte de su jornada a crear contenido debería hacerse una primera pregunta:
¿Estoy generando una comunidad o simplemente acumulando audiencia?
Las redes sociales tienen sus propias reglas: hay que captar rápidamente la atención, el mensaje debe ser sencillo y los primeros segundos son determinantes. El Derecho, en cambio, está lleno de matices.
Pensemos en dos posibles mensajes:
«Si tu empresa hace esto, tienes derecho a una indemnización».
O:
«Dependiendo de las circunstancias concretas, del tipo de relación contractual, de la documentación existente y de otros elementos del caso, podría existir derecho a reclamar».
¿Cuál funcionará mejor en TikTok o Instagram? Probablemente el primero. Pero ¿cuál explica mejor la realidad jurídica?
Aquí aparece uno de los principales riesgos de convertir el Derecho en contenido: que la necesidad de simplificar termine modificando el mensaje que queremos transmitir.
Simplificar no es malo. Todo lo contrario. Uno de los valores de la divulgación consiste precisamente en hacer comprensible aquello que resulta complejo. El problema aparece cuando, para conseguir un mensaje más atractivo, eliminamos los matices necesarios para entenderlo correctamente.
¿Qué ocurre, además, cuando un abogado empieza a escoger los temas sobre los que habla no porque sean especialmente relevantes para sus clientes, sino porque sabe que determinados asuntos generan más interés?
En ese momento, quizá ya no sea únicamente el abogado quien decide su estrategia de comunicación. El algoritmo también empieza a influir sobre qué temas abordamos y cómo lo hacemos.
La frontera no siempre está clara. Un abogado puede explicar una novedad legislativa con intención divulgativa y, al mismo tiempo, ese contenido puede ayudarle a posicionarse como especialista y generarle nuevos clientes. No existe ninguna contradicción en ello.
De hecho, el Código Deontológico de la Abogacía Española permite la publicidad de los servicios profesionales, aunque establece límites. La publicidad debe respetar, entre otros principios, la independencia, la dignidad, la integridad y el secreto profesional, además de ser objetiva y veraz.
Por tanto, el problema no está en que un abogado utilice las redes sociales para darse a conocer, sino en cómo las utiliza.
Prometer, aunque sea implícitamente, determinados resultados, generar expectativas poco realistas, recurrir a titulares que puedan inducir a error o presentar como universal una solución que depende de las circunstancias particulares de cada caso puede llevarnos demasiado lejos.
Pero existe otra cuestión de la que se habla bastante menos y que también debería preocupar a la gestión de un despacho: el tiempo.
Crear contenido no es gratis. Buscar temas, preparar contenidos, grabar, editar, publicar, responder comentarios y mantener una frecuencia de publicación exige horas.
Imaginemos que un abogado dedica cinco horas semanales a estas tareas. Al cabo del año son aproximadamente 260 horas.
Y aquí la pregunta deja de ser únicamente una cuestión de comunicación para convertirse también en una cuestión de gestión:
¿Qué obtiene el despacho a cambio de esas 260 horas?
No siempre tiene que traducirse directamente en nuevos clientes. El objetivo puede ser el posicionamiento profesional, la notoriedad, las oportunidades de colaboración, las invitaciones a jornadas o, simplemente, contribuir a la divulgación jurídica.
Lo importante es saber qué se pretende conseguir y valorar después si el esfuerzo y el tiempo invertidos están cumpliendo ese objetivo. Un vídeo con muchas visualizaciones no tiene por qué aportar más valor al despacho que otro dirigido a un público más reducido pero relevante.
De la misma manera que facturar más no significa necesariamente ganar más, tener más seguidores no significa necesariamente tener una mejor estrategia.
No necesariamente. Un abogado no necesita publicar todos los días ni convertirse en influencer para ejercer correctamente su profesión.
Pero tampoco podemos ignorar que las redes sociales se han convertido en uno de los grandes espacios de comunicación de nuestra sociedad.
Bien utilizadas, pueden ser una excelente herramienta para acercar el Derecho a los ciudadanos, demostrar conocimiento, generar confianza, posicionarse profesionalmente e incluso captar clientes.
La cuestión está en utilizarlas como una herramienta y no convertirlas en un fin.
Si un abogado decide crear contenido, debería planteárselo como cualquier otra decisión relacionada con la gestión de su despacho: qué quiere conseguir, cuánto tiempo está dispuesto a invertir, qué límites no quiere sobrepasar y cómo va a saber si el esfuerzo ha merecido la pena.
Y sin olvidar algo que quizá sea todavía más importante: detrás de una visualización puede haber una persona tomando una decisión real basándose en aquello que acaba de escuchar.
Por eso, entre conseguir una visualización más y añadir un matiz necesario, quizá sea mejor quedarse con el matiz. Porque, al final, la pregunta realmente importante no es cuántos seguidores tiene un abogado, sino cuántos de ellos confiarían en él cuando realmente necesitaran un abogado.