01 abril 2024

Inteligencia artificial generativa y la paradoja del abogado experto

Rocío RamírezPor Rocío Ramírez

La inteligencia artificial generativa está suponiendo un antes y un después en la manera de concebir prácticamente cualquier ámbito de nuestras vidas. Todo está siendo, o se va a ver transmutado.

En el ámbito legal, ofrece aplicaciones y posibilidades infinitas, ayudándonos a hacer nuestro trabajo de manera más ágil y eficaz.

Entre sus múltiples aplicaciones, nos permite a los abogados simplificar el proceso de investigación, análisis y estudio de los contenidos jurídicos que precisemos para preparar o resolver nuestros asuntos.

Procesa por nosotros textos extensos y complejos, los analiza y resume, indica los aspectos a considerar dada su importancia, y nos extrae las conclusiones principales.

Realiza búsquedas extensivas, ofreciéndonos la solución concreta sobre el supuesto de hecho cuestionado.

Se constituye como una poderosa herramienta para agilizar y acelerar el proceso de investigación, análisis, aprendizaje, instrucción y de profundización en el conocimiento de un determinado aspecto, área o materia del Derecho.

Curiosamente, según la Real Academia Española de la Lengua, dícese que es experto aquella persona especializada o con grandes conocimientos en una materia, con práctica y experimentada en algo. Que cultiva con especialidad, una rama determinada de la ciencia.

Experto es aquel que ha alcanzado el conocimiento o habilidad para hacer algo, a través del ejercicio en un arte, ciencia o materia concreta, para lo que se dedica, prepara y estudia con una práctica prolongada.

Es aquel que se ilustra, desarrolla o adiestra, y ofrece a su intelecto las labores necesarias para que fructifique.

Sólo así se alcanza el entendimiento, sabiduría, completa comprensión y dominio de la materia sobre la que se vuelque, adquiriendo el nivel de experto.

Llevándolo a nuestro ámbito, para que un abogado sea experto en una determinada área del Derecho, habrá debido dedicar muchas horas de trabajo y esfuerzo a prepararse, estudiar, e ilustrarse. A poner en práctica el conocimiento adquirido a través de la lectura de doctrina, normas, jurisprudencia y textos jurídicos, de investigar, analizar y extraer conclusiones de lo estudiado. De aplicarlo al supuesto de hecho o problema que le exponga su cliente.

Y he aquí la paradoja. Si el expertise es fruto de la práctica y del conocimiento.

Y el conocimiento es el fruto de horas de lectura concentrada y comprensiva, de investigación y análisis, de estudio y comparativa de textos y de extracción de conclusiones, ejercitando nuestro raciocinio y pensamiento crítico. ¿Cómo el abogado común puede convertirse en experto, si todo este proceso lo delega a la IA generativa?

El empleo de la IA en este aspecto de nuestra actividad tendrá un coste cognitivo importante, ya que estaremos suprimiendo el proceso de aprendizaje en sí mismo. Estaremos dejando de dedicar las horas exigidas en esta tarea de profundización necesaria y esencial para alcanzar el tan ansiado grado de expertise.

Si queremos enriquecernos, formarnos y tener criterio, de alcanzar la categoría de abogado experto en una determinada materia de nuestra ciencia, paradójicamente la IA no podrá ayudarnos en ese proceso. Más bien al contrario.

Nos ahorrará el tiempo de estudio, investigación, de contrastar, analizar y sacar conclusiones, pero NO nos ayudará a formarnos como expertos, a reforzar nuestros conocimientos ni a cultivar nuestro pensamiento analítico y crítico.

Porque un aspecto que la Inteligencia artificial no puede hacer por nosotros son las labores de lectura atenta, comprensión lectora, de análisis y de valoración crítica, y que son esenciales para formarnos e instruirnos.

Estas labores son las que amplían y profundizan nuestro conocimiento. Las que forman y definen nuestro criterio. Y la IA no las puede sustituir si queremos alcanzar el estatus de abogado experto.

El uso de la IA para acelerar nuestro proceso de aprendizaje terminará impactando en la calidad de nuestra categoría profesional. Podrá terminar convirtiéndonos en sucedáneos de lo que en otra época eran abogados expertos. Deberemos ser cautelosos.

Y este carácter sucedáneo, nos obliga a alertar sobre otra cuestión, y es el bucle infinito ante el que nos encontramos, de lo que se ha venido a denominar “aprendizaje incestuoso”.

Este “aprendizaje incestuoso” viene provocado por el incremento en internet de contenidos generados por IA de cada vez más dudosa calidad, certeza, fiabilidad y originalidad, ya que se han nutrido a su vez, de los propios recursos generados con IA ya circulantes en internet, y que en muchas ocasiones son erróneos, incorrectos, no verificados o fruto de una alucinación.

Y ante esta tesitura, la capacidad crítica del abogado, deviene esencial. Ya que podremos tener en cuenta lo que la IA nos indique o sugiera, pero solo nuestro pensamiento crítico será el que pueda cuestionar la veracidad, certeza, idoneidad, solidez o aplicabilidad del argumento o planteamiento que nos apunte.

Ante este panorama, paradójicamente, el criterio de los abogados deberá ser de mayor rigor que nunca para tener la capacidad de depurar, de identificar la fiabilidad de los recursos que internet o la IA nos ofrezca. Porque únicamente un criterio jurídico bien formado será el que pueda cuestionarlo.

De nosotros depende que el impacto de la IA sea positivo o negativo. Que nos ayude o desayude. Que nos enriquezca o nos empobrezca. Sólo de nosotros depende alcanzar el grado de abogado experto, porque no se puede agilizar ni acelerar el proceso de aprendizaje para alcanzar este grado de maestría. Porque en este camino, no hay atajos.

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