Innovación Legal
08 junio 2026
Por Albert Ferré
Hace unas semanas te hablé de responsabilidad, de la mía, y hoy te quiero hablar de la tuya.
¿Sabes qué le falta a casi todas las conversaciones que se están teniendo sobre inteligencia artificial desde hace años? Te daré una pista: no viene de fuera. Nunca estuvo fuera.
Te voy a explicar una historia mía muy breve… Hace unas semanas viajé contra viento y marea a Madrid para un evento importante.
Te puedes imaginar: diez horas de viaje ida y vuelta, golpes de calor, virus por todas partes (todo mal)
En menos de veinticuatro horas ya estaba sin voz, y aun así esa noche debía asistir a la cena de Gala del ICAB: música a todo trapo, todo el mundo viniendo a saludar, yo tirando de orgullo afonítico total… En resumen, fui y me retiré discretamente. Y por todo ello pagué cinco días con afonía, fiebre y todo lo que vino detrás.
Tú me dirás: vale Albert, felicidades, has pillado la enésima gripe del año, pero el tema no es la gripe. El tema es que yo sabía que esto podía pasar, era súper consciente y fui igual y pagué sin rechistar, no le metí la culpa al aire acondicionado, al tren, a los virus o a la música infernal de la fiesta…
Eso, exactamente eso, es asumir una responsabilidad.
Soy el primero que durante años confundí responsabilidad con culpa, de hecho, a día de hoy alguna vez me sorprendo haciéndolo. Me castigaba por errores como si así pudiera deshacerlos, me pasaba días buscando culpables. Mal negocio, te lo aviso ya, mucha energía disipada, para muy poco retorno.
A mí me costó años entender que la culpa me anclaba al pasado; en cambio, la responsabilidad me devolvía a ostias al presente y, sobre todo, me empujaba a pelear por el futuro.
Asumir mi responsabilidad fue aceptar que no todo depende de ti, pero que siempre (y eso es mucho rato) hay una parte que sí. Y esa parte es la que no se negocia por mucho que te excuses, o por muchos culpables que encuentres.
Y aquí va la idea de la que cuelga todo lo demás, así que léela despacio:
Tu responsabilidad no es tuya porque lo diga una ley. Es tuya porque moralmente reside en ti. Y nadie ni nada puede llevársela, para lo bueno y para lo malo.
Ni un proveedor, ni un disclaimer, ni un memorando de gobernanza, ni el Papa, ni un ingeniero finlandés que regala 67 agentes.
Y por eso, releyendo estos días varios textos sobre IA, me di cuenta de que en el fondo todos estaban hablando de lo mismo.
Vamos por partes, que esto es muy bestia.
En el debate sobre IA y derecho se habla de responsabilidad sin parar. Pero casi siempre en un solo sentido: accountability. ¿Quién firma? ¿Quién comparece? ¿Quién paga cuando algo sale mal? Y eso es necesario y fantástico a la par…
Alex Dantart lo clavó hace unos días en este blog: el modelo «no comparece, no jura, no responde ante un colegio ni ante un tribunal». Y el Papa León XIV, en Magnifica humanitas, avisa de lo difícil que es, en sistemas opacos, «identificar quién debe rendir cuentas».
Tienen razón, los dos. Pero esa responsabilidad (la jurídica, la que se atribuye desde fuera, la que señala a un culpable) es para mí como una casilla en un flujo de trabajo, se puede mover, se puede ceder, se puede esconder bajo la manta de la letra pequeña.
La responsabilidad de la que yo te hablo no, te voy a dar más ejemplos:
Hace unas semanas se lanzó Lavern. ¿Lo conoces? Un sistema agéntico legal, abierto, gratuito, con 67 agentes que planifican, ejecutan y coordinan tareas jurídicas en piloto automático. Ya te aviso que no será el único, y en breve habrá miles.
Lo más interesante del lanzamiento no está en la propuesta ni el código abierto. Está en su disclaimer, en el que dice, textualmente, que lo uses «bajo tu propia responsabilidad».
Ahí lo tienes. El sistema hace el trabajo y, en la misma frase, se quita de en medio. La responsabilidad no desaparece: rebota y vuelve concentrada sobre el único humano que queda en la sala. Tú.
Y aquí está lo que quiero que se te quede grabado:
Usar la IA como excusa para hacer algo inexcusable no atenúa el acto, lo amplifica.
Piensa en el escrito que entra en un juzgado con jurisprudencia inventada, o piensa en automatizar todo un área de trabajo, uno parece un error y el otro un acierto, ¿verdad? La tecnología no es un anestésico moral, es como un altavoz y el daño llega hasta donde llegan los agentes, los copilotos o los pilotos automáticos. Y además la responsabilidad (la moral, la que no se cede) sigue siendo entera tuya.
León XIV lo explica con dos imágenes muy claras:
La primera Babel: la torre que quiere llegar al cielo, que sacrifica a las personas en nombre de la eficiencia, que confunde construir mucho con construir bien.
La segunda Jerusalén: Nehemías, que ante las ruinas no improvisa ni delega en que «todo salga bien». Examina, reparte el trabajo, toma su tramo de muralla y se ensucia las manos.
La diferencia entre las dos ciudades no es la tecnología, es la responsabilidad personal y colectiva asumida.
Y ahora viene lo que me importa decirte alto y claro, porque es lo que más se está perdiendo entre tanto ruido:
Tú aún importas
Te lo dice alguien que se mueve entre bastidores tecnológicos desde hace más de veinte años: por mucho marketing, por mucha demo techno-deslumbrante, por mucha lujuria de novedades alrededor de cada herramienta, tú sigues importando. Y sigues pudiendo elegir qué haces, qué compras y para qué lo usas.
No dejes que esa tecno-lujuria te convenza de que ya no hay nada que hacer, de que el futuro se decide sin ti, de que tu juicio sobra. Es mentira, es ruido para que compres sin pensar atado por el Fomo, solo se trata de eso.
Si realmente quieres seguir en la partida, pregúntate, de verdad: ¿dónde puedes aportar tú un valor que ninguna máquina pueda aportar? ¿Qué te apasiona? ¿Qué se te da bien por la forma única en que has vivido con cicatrices incluidas? Ahí, exactamente ahí, está tu tramo de muralla.
Que nadie me malinterprete, el estado es necesario, las instituciones, las leyes y las protecciones de los derechos individuales son hoy mucho más imprescindibles para protegernos que nunca. Eso no quita que tú siempre tengas una responsabilidad moral sobre todo lo que haces. La regulación, los memorandos son andamios que encorsetan el debate. Pero el verdadero poder es la parte que sí depende de ti y está en tu interior.
Hace unos minutos podías decir que no sabías del todo de qué iba esto, ahora ya no, porque ahora sabes lo que la tecnología no puede hacer y también sabes lo único que no puede hacer por ti. Y cuando lo sabes, ya no hay error inocente, hay omisión.
La responsabilidad está en tus manos, no se delega, no se disclaima, ni se firma en la letra pequeña que nadie lee. Es tuya, moralmente, te guste o no, a partir de ahora.
Y ahora, te propongo que escribas de puño y letra que no vas a delegar nunca a una Ai, da vértigo, ¿verdad?