12 septiembre 2020

Congreso de la Abogacía de León 1970, anticipo de vientos de libertad y democracia

El Congreso de la Abogacía Española celebrado en León en 1970 cumple este año su 50 aniversario. Una placa conmemorativa descubierta el pasado mes de julio en el Colegio de Abogados de León rendía especial homenaje a una efeméride que supuso, por el alcance de lo que allí se trató hace cinco décadas, un antes y un después no ya solo para nuestra profesión, sino para el propio devenir de España y de su sociedad. Magnífica iniciativa la un Colegio que siempre reconforta con su hospitalidad y cariño, en un encuentro muy emotivo que tuve el placer de disfrutar junto a su Decano, Fernando Rodríguez Santocildes, y en compañía de muchos compañeros y compañeras.

Estos tiempos extraños parece que nos abocan a la desaparición de los rituales, incluidos los más cercanos, afectuosos y sociales, como darse la mano, los besos o los abrazos. Por razones de prevención sanitaria tiene que ser así. Pero puede que no haya ritual más hermoso que el del recuerdo y la memoria, y lo mejor es que está libre de riesgos porque el único contagio que conlleva es el de amplificar y visibilizar la Historia, que es la mejor vacuna frente al olvido.

¿Cómo sabremos sobre nosotros sin nuestro pasado?, se preguntaba Steinbeck en Las Uvas de la Ira. Y es una buena pregunta porque si somos futuro es porque también somos pasado, el ayer sobre el que hemos ayudado a construir, desde la Abogacía, una de las páginas más admirables de nuestra historia contemporánea: la de la España constitucional, la del Estado social y democrático de Derecho, la de un país que se dio la mano para edificar, juntos, un mañana de convivencia, de respeto y de libertades.

España se pone en hora cada año con las campanadas de la Puerta del Sol gracias a un reloj fabricado y donado por un leonés. Y nuestra democracia se empezó a poner en hora en León, hace 50 años, en un Congreso de la Abogacía donde nuestra profesión decidió anticipar los vientos de cambio que estaban por llegar a nuestro país.

Puede decirse que en León empezó todo: empezó a soñarse -y a cimentarse- esa otra España posible. Empezó a pensarse como lo hacía entonces el mundo, desde la luz de la libertad y de los derechos. Empezó a creer que había otro mañana más justo, lógico y digno. Empezó, en definitiva, como se empiezan las cosas: marcando el camino, iluminando el trayecto con ideas, propuestas y sueños, los de toda una generación que entendió -parafraseando a Joyce- que ese era “el tiempo oportuno”, que ese era “el momento”, que había llegado la hora de emprender el viaje a la democracia. El mismo en el que, pocos años después, se embarcó la sociedad española en un sensacional ejercicio de responsabilidad colectiva, de generosidad y de altura de miras.

Transitar caminos inexplorados a veces se hace más complicado por la dificultad de ver el horizonte. Y en León, precisamente en un Congreso de la Abogacía, se ensancharon sentimientos, se ampliaron perspectivas, se alumbraron otros paisajes que nos acercaron lo que parecía lejos o incluso inalcanzable; nuevos territorios que nos inspiraron y estimularon, inoculándonos la vacuna de la esperanza, que es quizá la más eficaz frente al pesimismo y la oscuridad.

El Congreso de León fue un catalizador de visiones extraordinario. Lo explicaba muy bien Fernando Rodríguez Santocildes en un fantástico artículo que publicaba a finales de junio el Diario de León. Un Congreso en el que convergieron con absoluta naturalidad dos miradas: la introspectiva, la que se ocupó de los asuntos propios de la profesión; y una más extrospectiva -permitidme el galicismo- abriéndose a la sociedad, a sus inquietudes y a cómo podíamos avanzar para situarnos en la cartografía de los Estados de Derecho, que era el mapa que trazaba para el mundo desarrollado las sendas del progreso, de la convivencia y de las libertades.

Esa es una de las virtudes de nuestra profesión: saber mirar con otros ojos la realidad, lo que acontece, usar con inteligencia las luces largas, elevar la vista y ofrecer las mejores respuestas. Y eso es justamente lo que hicimos. Nos miramos a nosotros mismos y defendimos la necesidad urgente de superar los Estatutos de la Abogacía de 1946 y 1947. Costó que llegara, pero allí sentamos las bases del Estatuto General de la Abogacía aprobado en 1982. Curiosamente, hoy reclamamos otra vez un relevo de Estatutos que entendemos inaplazable, porque el de 2011 está claramente superado por el tiempo y las circunstancias. Ojalá no tengamos que esperar otros doce años para contar con él.

En esa introspección que nos hicimos hace cinco décadas se trataron también asuntos tan de actualidad entonces como ahora, con la diferencia -y ese es su valor- de que allí se hacía por primera vez: además de plantearse un sistema de previsión obligatoria vía mutualidad, se habló de intrusismo profesional, de la regulación de la abogacía de empresa, del secreto profesional, de la fiscalidad de la Abogacía o de la remuneración del Turno de Oficio y de la Justicia Gratuita, que como reclamamos con insistencia, sigue siendo hoy una asignatura pendiente.

También llevamos el zoom de nuestra mirada hacia fuera, en un ejercicio valiente, audaz y arriesgado, corriendo los tiempos duros que aún corrían. Lo era hablar de derechos humanos y de la necesidad de anudar los principios de justicia a la Declaración Universal de los Derechos Humanos; lo era exigir la supresión de las jurisdicciones y tribunales especiales; lo era invocar en el régimen penitenciario las reglas de tratamiento de reclusos de Naciones Unidas; y lo era, sin duda, reclamar a los poderes públicos una amnistía general a los presos políticos o la abolición de la pena de muerte.

Todo eso ocurrió en León y la Abogacía fue su protagonista. Sin ese Congreso de 1970 no sé si nuestra democracia hubiese llegado donde ha llegado, ni la forma ni en el tiempo en que lo ha hecho. Seguramente no. En el libro de Fernando Jáuregui Los Abogados que cambiaron España se dice de ese Congreso que “estaba destinado a hacer historia”. Y desde luego lo hizo, hasta el punto de demostrar -señala Jáuregui- “que la sensibilidad de la sociedad española no estaba ni dormida ni aletargada”.

Por eso fue tan importante y por eso tenemos que recordarlo, porque no podemos permitirnos el lujo de olvidar su legado, así hayan pasado 50 años. Lo dijimos en nuestro último Congreso Nacional de la Abogacía que celebramos en Valladolid el pasado año, donde evocamos con orgullo lo que supuso el Congreso de León de 1970. Y ese es el sentido de la placa que ya luce en el Colegio de Abogados de León, su alma, su misión, su mensaje. En un momento de la estupenda película Adivina quién viene esta noche, dice Spencer Tracy: “los tiempos cambian, pero los recuerdos perduran”. Tenemos la obligación de que perduren, de que nos sobrevivan, de anclarlos a nuestra conciencia colectiva.

Los tiempos podrán cambiar, pero nosotros, lo que fuimos y lo que somos para la democracia, no. Lo que hicimos en el Congreso de León en 1970. Lo que hicimos en la Transición, con el ejemplo de los Abogados de Atocha sacrificando sus propias vidas por los más puros ideales de libertad, dignidad e igualdad. Y lo que hacemos y representamos hoy para nuestro Estado de Derecho, para que esos ideales se mantengan siempre vivos y amparados.

La democracia no se entendería sin la Abogacía. Así se encargará de recordarlo esa placa, para que además de en nuestros corazones, brille también en nuestra memoria. Para que pase lo que pase, su recuerdo perdure, nos estimule y nos guíe.

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