21 diciembre 2022

En primera línea

Cuando aún no habíamos despertado del todo de la pesadilla que supuso el Covid llegó la plaga más dolorosa para la humanidad, la guerra. No es que la violencia de los conflictos armados se hubiera extinguido en el planeta y haya renacido con la invasión de Ucrania, pues de sobra es sabido que la guerra no ha dejado de azotar nunca en algún rincón del mundo. Pero parece incuestionable que, a diferencia de otros conflictos, éste ha venido a desestabilizar el equilibrio mundial de fuerzas y ha reabierto el riesgo de la guerra entre bloques que creíamos haber  dejado atrás con la caída del muro de Berlín.

Si a todos sobrecogen las imágenes de las consecuencias que la guerra tiene entre la población, a quienes amamos el Derecho nos frustra también pensar que el ordenamiento que regula las relaciones internacionales no ha logrado frenar un enfrentamiento en donde, a la vista está, todos estamos perdiendo. Diez meses después de que comenzasen los combates, no deja de estremecernos cada ocasión en que nos llegan noticias sobre los denominados crímenes de guerra.

Es lógico pensar, desde la distancia, que quienes no estamos involucrados en el devenir de una guerra poco podemos hacer para ponerle fin o para evitar que a ésta le sigan otras. Y lo es con mucho más razón cuando el escenario bélico se desarrolla a 4.000 kilómetros de distancia.

Sin embargo, la Historia de la humanidad nos demuestra la imparable fuerza de las amplias mayorías de bien. Cada uno de nosotros poseemos una fuerza propia que debemos saber encauzar conforme esté a nuestro alcance. Quienes pertenecemos a la abogacía lo hacemos a través de la reclamación de derechos, en este caso, los derechos humanos. Y más concretamente, el derecho a la paz y a la seguridad.

Aunque todos podemos actuar, sumar fuerzas, hay quienes por su empeño, conocimiento o capacidad de liderazgo aportan más, mucho más que el resto. Su trabajo es importante en sí mismo, pero muy especialmente porque nos sirve de inspiración a los demás. Por eso Paco Solans, Mikel Ayestaran, los miembros de la Base Aérea de Torrejón de Ardoz y Fwazia Koofi se merecen nuestra admiración y se han merecido los premios que la Fundación Abogacía Española les entregó el pasado día 15. Enhorabuena a todos ellos y gracias por ser una referente para toda la sociedad.

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