06 abril 2026

Las “skills” legales en la IA o un nuevo activo del conocimiento

Jorge MorellPor Jorge Morell

Hay una escena en The Matrix que en 2026 adquiere un nuevo sentido, desde la perspectiva legal. Neo se sienta, le conectan un cable y en segundos dice: “Ya sé kung fu”. Sin años de práctica. Sin repeticiones. Una descarga directa de conocimiento, lista para ser aplicada.

Cuando Anthropic (los creadores de Claude) presentó las skills (habilidades) a finales de 2025, la analogía resultó casi inevitable: empaquetar conocimiento experto y transferirlo a una inteligencia (artificial) para que lo aplique de forma inmediata, consistente y repetible.

Pero antes de entender qué son las skills y por qué deberían importar a la abogacía española, conviene situar de dónde vienen.
Todo comienza con el prompt, la instrucción puntual que escribimos cada vez que interactuamos con un modelo de IA. Es útil, pero ineficiente si debemos repetirlo.

El siguiente escalón son los GPTs personalizados de ChatGPT o los Gems de Gemini: en el fondo el mismo prompt, pero almacenado y con nombre propio. Es como la diferencia entre dictar la receta cada vez que cocinas y tenerla pegada en la nevera.

Después llegaron los Proyectos (en ChatGPT y Claude, por ejemplo), espacios de trabajo aislados con instrucciones, archivos y memoria conversacional vinculados a un asunto concreto: el cuaderno de cocina completo dedicado a un tipo de plato, con notas al margen y variantes probadas.

Y finalmente, llegaron las skills: un conjunto de instrucciones que el modelo carga automáticamente cuando detecta que son relevantes, sin que el usuario tenga que invocarlas o citarlas. Por ejemplo, mi tipo y sistemática de contrato al milímetro y quiero siempre aplicada que pido por un contrato, sin tener que subir ningún archivo ni recordar formato alguno.
La instrucción base puede ser exactamente la misma en los cuatro niveles. Lo que cambia es cómo y cuándo se despliega. Y esa diferencia es francamente decisiva.

¿Pero qué es exactamente una skill?

Técnicamente, una skill es una carpeta con un archivo de instrucciones en formato Markdown (el denominado SKILL.md), scripts opcionales y recursos complementarios. El modelo lee únicamente la descripción breve de cada habilidad disponible y solo carga las instrucciones completas cuando determina que son pertinentes. Eso las hace muy eficientes en términos de contexto.

No es un concepto exclusivo de Claude: Gemini y ChatGPT también las permiten desde hace poco. El hecho de que los 3 gigantes converjan hacia una arquitectura prácticamente idéntica confirma que no estamos ante una funcionalidad menor, sino ante un potencial cambio de paradigma en la forma de interactuar con modelos de lenguaje.

La relevancia de las skills para el profesional del Derecho opera en varios planos simultáneos.

En primer lugar, permiten una automatización con criterio propio. No se trata de que la IA invente un formato: se trata de que aplique tu formato, tu estructura, tus reglas. Un ejemplo real: una skill de redacción de contratos puede codificar la secuencia exacta de REUNIDOS, EXPONEN y CLÁUSULAS, la tipografía, la numeración y las cláusulas mínimas que un despacho exige. Cada vez que se solicita un contrato, el modelo lo genera con la estructura predefinida, sin necesidad de repetir instrucciones.

En segundo lugar, las skills permiten institucionalizar la memoria profesional. Todo despacho tiene un “Así es como hacemos las cosas aquí” que vive en la cabeza de los socios o en documentos dispersos, y que muchas veces se pierde cuando alguien se marcha. Codificar ese conocimiento tácito y hacerlo accesible de forma consistente es, probablemente, una de las aplicaciones más transformadoras.

En tercer lugar, habilitan la transferencia de conocimiento. Una skill puede compartirse con un compañero, un colaborador externo o incluso un cliente. Transferirla es transferir parte de la expertise operativa del profesional. Para bien y para mal.

Uno de los desarrollos más relevantes de los últimos meses es la aparición de directorios especializados de skills legales.
Plataformas como agentskills.legal ya ofrecen bibliotecas organizadas por áreas de práctica (litigación, compliance, transacciones, propiedad intelectual), con habilidades listas para copiar y utilizar en Claude, ChatGPT o Gemini. Otros directorios generalistas como skills.sh también incluyen secciones jurídicas. El modelo recuerda al de los marketplaces de aplicaciones: un catálogo creciente donde el profesional puede buscar, probar e instalar habilidades sin necesidad de crearlas desde cero.

Pero recordemos que Matrix también tenía sus pegas (no todo iba a ser bueno).

El primer riesgo de las habilidades es la deuda cognitiva. Si el abogado junior nunca redactó un contrato desde cero porque la skill lo hace por él, ¿entiende realmente lo que entrega? Es el equivalente a tener el GPS siempre encendido: llegas, pero quizá no sabes por dónde has pasado.

El segundo es la cesión de conocimiento. Compartir una skill es compartir tu forma de trabajar. Si la transfieres a un tercero, estás externalizando un activo intangible que, hasta ahora, residía exclusivamente en tu experiencia. Conviene hacerlo de forma consciente y, probablemente, regularlo contractualmente.

El tercero es la dependencia del proveedor. Hoy tu skill funciona en Claude. ¿Funcionará mañana igual en ChatGPT? El estándar abierto apunta hacia la interoperabilidad, pero aún estamos lejos de una portabilidad real y verificada.

Más allá de lo técnico, existe incluso una dimensión deontológica. Si un abogado crea una skill que encapsula su criterio profesional y la comparte (o la vende) a terceros, ¿estamos ante una forma de ejercicio profesional indirecto? ¿Debería el Consejo General de la Abogacía Española pronunciarse sobre los estándares mínimos que una skill jurídica debería cumplir para ser considerada “fiable”?

Son preguntas que la profesión deberá abordar más pronto que tarde, porque el ecosistema avanza con o sin regulación corporativa.

Las skills no son magia: requieren diseño, prueba y refinamiento. Pero comparten con aquella escena de Neo algo esencial: la idea de que el conocimiento experto puede empaquetarse, transferirse y aplicarse de forma estructurada por otra inteligencia.

Para quienes trabajamos en el sector legal, la pregunta ya no es si usaremos las skills, sino cómo las diseñaremos, a quién se las cederemos y qué parte de nuestro criterio profesional estamos dispuestos a codificar. La clave, como casi siempre en nuestra profesión, no está solo en la herramienta, sino en saber dónde colocarla.

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