Innovación Legal
26 enero 2026
Por Iñigo Jiménez, experto en Movilidad de RedAbogacía.
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En 1814, mientras Europa se recomponía de las guerras napoleónicas, el botánico y poeta Adelbert von Chamisso escribió una fábula que, leída dos siglos después, provoca un escalofrío profético. Es la historia de Peter Schlemihl, un hombre que comete el error de vender su propia sombra a un extraño personaje vestido de gris a cambio de una bolsa de oro inagotable. Al principio el trato parece una genialidad económica, pero Schlemihl pronto descubre que al desprenderse de esa mancha oscura que se arrastra a sus pies ha perdido su anclaje en la realidad. Sin sombra, los demás dejan de reconocerlo como humano y su identidad se disuelve en la luz.
Aquella inquietante ficción romántica resuena hoy con una vigencia que asusta. Cada vez que subimos la fotografía de un tercero a una aplicación de Inteligencia Artificial, ya sea para convertir a un amigo en un vikingo hiperrealista o para rejuvenecer el rostro de un familiar, estamos negociando sin saberlo con su sombra digital.
Lo fascinante, y a la vez aterrador de este instante tecnológico, es cómo hemos trivializado la alquimia de la imagen. Consideramos estos actos meros juegos de luces, pasatiempos inocuos. Sin embargo, si miramos más de cerca, como quien ajusta el foco de un microscopio, veremos que estamos manipulando la materia misma de la identidad. La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) acaba de publicar un documento que funciona como un astrolabio para navegantes despistados en estas aguas turbulentas. Su premisa es de una claridad cegadora: una imagen, generada o no por IA, es un dato personal si permite identificar a una persona. Y alterarla es, inevitablemente, tocar la fibra sensible de su privacidad.
Para el jurista, que debe actuar como el guardián de estas nuevas fronteras, y para cualquiera de nosotros, es vital comprender que este fenómeno tiene dos caras: una visible que nos deslumbra en la pantalla y otra invisible que opera en el silencio eléctrico de los servidores.
Si observamos a través de la lente de lo evidente, los peligros parecen claros. La tecnología ha democratizado una capacidad que antes estaba reservada a los dioses o a los grandes estudios de cine: la de alterar la realidad. Lo que la AEPD llama «impactos visibles» son esas consecuencias que saltan a la retina cuando la imagen sintética empieza a circular.
El vértigo comienza con la pérdida de contexto. Una fotografía tomada en la intimidad de una cena, bajo una luz cálida y segura, no es una carta blanca para ser procesada por una red neuronal. Cuando esa imagen se transforma entramos en el terreno de la descontextualización, donde hechos que nunca ocurrieron adquieren la textura de la verdad. Imaginemos por un segundo el impacto de un vídeo hiperrealista donde un profesional comete un acto ilícito que jamás sucedió. El daño a su honor no es virtual, es tan físico como una pedrada.
Pero hay un abismo aún más oscuro: la sexualización. La creación de desnudos sintéticos, la llamada deepfake pornography, a partir de fotos neutras es una señal de alarma que parpadea en rojo intenso. La facilidad para la humillación, especialmente cuando las víctimas son personas vulnerables, nos recuerda que la tecnología puede actuar como un amplificador de nuestras peores pulsiones. Aquí la persistencia del dato digital hace que el daño sea difícilmente reversible. Borrar una mancha en internet es casi tan imposible como para Schlemihl recuperar la sombra que vendió por unas monedas.
Sin embargo, si afilamos la mirada y observamos más allá del espectro visible, descubrimos lo que podríamos llamar la «habitación oscura» del revelado digital. La verdadera advertencia es que el riesgo existe por el mero hecho de subir la imagen, incluso si el resultado nunca llega a ver la luz pública.
Aquí es donde debemos prestar atención a la arquitectura invisible del sistema:
Esta asimetría informativa es el talón de Aquiles de nuestra defensa: ¿cómo podemos pedir que borren nuestra huella si ni siquiera sabemos qué sistema está soñando con nuestra cara?
Al final, este manual de riesgos no es solo una guía técnica para abogados. Es una reflexión sobre la condición humana en el siglo XXI. Hemos construido espejos capaces de soñar, pero en esos sueños a veces toman forma las pesadillas ajenas. Como aquel desafortunado Peter Schlemihl, estamos aprendiendo a la fuerza que nuestra sombra, compuesta por nuestra imagen, nuestra voz y nuestros datos, no es un accesorio trivial del que podamos desprendernos. Se trata de una extensión indivisible de nuestra dignidad.
La misión en esta era no es detener la tecnología, sino garantizar que en el frenesí de la innovación el ser humano no termine devorado por su propio reflejo. Debemos asegurarnos de que, cuando se apague la pantalla, sigamos siendo los dueños de nuestra propia luz.