26 marzo 2026

De recortar minutos a aportar valor: ¿estamos preparados para lo que viene?

Rocío RamírezPor Rocío Ramírez

Hace unas semanas tuve la oportunidad de moderar una mesa redonda que trataba sobre cómo acometer el proceso de implantación de IA en los despachos de abogados y asesorías jurídicas, para que más allá de ser una herramienta orientada a recortar minutos, pueda empezar a convertirse en una verdadera palanca de generación de valor, tanto para el propio despacho como para sus clientes.

La conversación fue especialmente interesante por el perfil de las participantes: socias de algunos de los despachos más reputados del país, todas ellas con responsabilidades directas en áreas de transformación digital, innovación y nuevas tecnologías. Es decir, profesionales que no solo conocen el potencial de la IA, sino que están liderando su aterrizaje en la práctica jurídica.

Robot y humano unen los dedosDurante la mesa se abordaron cuestiones muy concretas y, sobre todo, muy reales: en qué fase de implantación se encuentra cada despacho, qué perfiles tienen acceso a las herramientas, qué soluciones están utilizando, cómo se está gestionando el cambio, qué control de riesgos se está llevando a cabo, qué impacto está teniendo en términos de eficiencia o reducción de costes, la necesidad de contar con una estructura de datos sólida, la redefinición de los flujos de trabajo, o el imprescindible cambio de mindset en los equipos.

En definitiva, se habló de lo que está pasando de verdad.

Y precisamente por eso, al terminar la mesa, me quedé reflexionando sobre algo que va más allá de lo que allí se discutió.

Porque, si uno escucha con atención este tipo de conversaciones, tan necesarias y valiosas, surge inevitablemente una pregunta: ¿en qué punto estamos realmente como sector frente a una tecnología que, en teoría, es disruptiva?

La inteligencia artificial se presenta constantemente como una tecnología capaz de transformar industrias. De cuestionar modelos establecidos. De alterar la forma en la que se crea y se entrega valor.

Sin embargo, cuando aterriza en la práctica diaria de los despachos, su uso se está concentrando, al menos por ahora, en ámbitos muy concretos: mejorar la eficiencia, acelerar tareas, reducir costes, optimizar procesos existentes.

Y esto no es menor. De hecho, es un paso imprescindible.

Pero invita a preguntarse si estamos todavía en una fase de adopción incipiente y operativa de la tecnología, o si realmente hemos empezado a explorar su capacidad transformadora.

Porque hay una diferencia relevante entre incorporar una tecnología para mejorar lo que ya hacemos (innovación incremental), o utilizar esa tecnología para hacer lo que no podíamos o replantear totalmente lo que hacemos (innovación disruptiva).

La primera es más inmediata, más tangible, más medible, más cortoplacista. La segunda es más incómoda, más incierta y, sin duda, más lenta. Sin embargo, es en esta segunda donde reside la verdadera disrupción.

La reflexión que me llevé de la mesa no es que el sector no esté avanzando. Todo lo contrario. Se está avanzando, y mucho en la incorporación de la IA en los procesos internos, en la mejora de la eficiencia y en la optimización del trabajo jurídico.

Pero la pregunta que me asalta es: ¿estamos preparados para dar el siguiente paso?

¿Para utilizar la IA no solo como una herramienta que mejora lo que ya hacemos, sino como un punto de partida para diseñar servicios jurídicos distintos?

¿Para ofrecer servicios que no se limiten a responder a una necesidad cuando ésta ya se ha materializado, sino que sean capaces de anticiparla? ¿Servicios que no midan su valor en función del esfuerzo necesario para producirlos, sino en el impacto que generan?

Este cambio no es tecnológico. Es estructural.

Implica revisar cómo definimos nuestra oferta, cómo organizamos nuestros equipos, cómo medimos el valor y cómo nos relacionamos con nuestros clientes.

Y, sobre todo, implica asumir que, si el coste de generar servicios jurídicos tiende a reducirse, el valor no puede seguir anclado únicamente en su producción.

En este contexto, quizá la cuestión no es si la IA es o no disruptiva. La cuestión es si nosotros, como sector, estamos preparados para utilizarla de forma disruptiva.

Porque una misma tecnología puede quedarse en una mejora incremental o convertirse en un motor de transformación profunda. Y la diferencia no está en la herramienta, sino en cómo se decide utilizarla.

La mesa redonda no pretendía responder a esta pregunta. Ni probablemente podía hacerlo.

Pero sí puso sobre la mesa algo más importante: una fotografía bastante precisa de dónde estamos hoy.

Y, a partir de ahí, la reflexión es casi inevitable. Porque en algún momento el debate dejará de estar en qué herramienta utilizamos, cuánto hemos eficientado nuestros procesos y cómo hemos reducido costes.

Y pasará a centrarse en algo mucho más exigente: qué tipo de abogacía queremos construir en un entorno en el que la tecnología no solo acompaña, sino que redefine las reglas.

 

Comparte: