Innovación Legal
19 enero 2026
Por Albert Ferré
La tentación de pensar que estamos viviendo un momento histórico es muy fuerte. ChatGPT, Claude, Gemini, DeepSeek, Kimi, Ernie, Doubao… Aplicaciones que llevamos en el móvil con total normalidad y que eran sencillamente imposibles hace apenas tres años. Prodigios del presente. Pero solo del presente.
Porque si algo nos ha enseñado la historia de la tecnología es que cada cima es apenas un mirador temporal antes de descubrir la siguiente montaña. Los LLM son una tecnología puente. Brillante, necesaria, revolucionaria. Pero puente.
Como apuntaba el gran Carlos Escapa hace algunas semanas en una videoconferencia entre San Francisco y Sevilla, la IA basada en modelos de lenguaje tiene límites estructurales: su dependencia del texto, su falta de comprensión causal, su tendencia inevitable a las «alucinaciones». Pueden generar respuestas plausibles, convincentes incluso. Pero no necesariamente fundamentadas en hechos o verdades contrastadas. En el derecho, donde el matiz define la justicia, esto no es un problema. Es un drama.
Existen nuevas rutas hacia esa próxima cima. Las arquitecturas neuro-simbólicas, por ejemplo, combinan la capacidad de aprendizaje profundo de las redes neuronales con la lógica estructurada de los sistemas simbólicos. Intentan unir «la intuición de la máquina» —que no deja de ser un cotejo multidimensional, o «estadística a lo bestia», como dice el gran Genís Roca— con la razón formal que hoy le falta.
Ese es el camino que siguen Fireworks y su CEO Lin Qiao. El que parece explorar Yann LeCun con su nuevo proyecto AMI Labs. El que desarrolla Google DeepMind con Astra. También existen proyectos menos populares pero igual de interesantes, como Verses.ai.
Porque el problema no es solo técnico. Es profundamente humano: necesitamos certezas. Verdades consensuadas.
Como abogados, cuando delegamos algo en una máquina queremos estar seguros al 100% de que hará lo correcto, aunque nosotros mismos no lo estemos ni al 50%. Nuestra tranquilidad pasa por exigir a las máquinas una infalibilidad que jamás nos exigiríamos. Quizás sea miedo. Quizás sea nuestra forma de entender el control. O quizás sea, simplemente, que sabemos lo que está en juego.
En el ámbito jurídico, esta tensión se amplifica. Los humanos seguiremos queriendo hablar con personas cuando tengamos un problema grave, cuando se nos limiten derechos, cuando no entendamos por qué se ha llegado a una decisión que nos afecta.
Cuando algo realmente nos preocupa, no queremos hablar con un sistema que no empatiza, que no razona en voz alta, que puede perder el contexto, que no sabe explicar el porqué de su decisión. No queremos un sistema incapaz de discernir dónde empieza la certeza y dónde termina la ficción de un relato bien construido.
En nuestro sector vendemos certeza y confianza. Hoy, con la tecnología actual basada en LLM, no es responsable presentar un escrito ante un juzgado sin haberlo revisado minuciosamente. Artículo por artículo. Mención por mención. Sentencia por sentencia.
Puede parecer un contrasentido, porque el tiempo invertido en revisar puede acercarse al tiempo ahorrado usando herramientas como Vincent, Harvey, Legora, Genial o Maite.ai. Pero aquí está precisamente nuestra responsabilidad.
Nada puede salir de un despacho sin supervisión humana final. Igual que un chef no permite que un plato salga a sala sin probarlo, nosotros debemos garantizar que cada detalle esté ajustado al milímetro.
Una sentencia no se valida solo por su resultado, sino por su argumentación. Hasta que la tecnología no pueda explicarnos, con fiabilidad y transparencia total, cómo ha llegado a una conclusión, seguirá siendo una gran ayudante. Pero no un juez.
Creo que ese día llegará. No será mañana ni el año que viene. Pero cuando llegue, no estaremos ante una simple mejora de productividad, sino ante un cambio de paradigma.
Una nueva fase en la evolución del derecho (y de la humanidad) donde la inteligencia artificial no solo piense, sino que razone. Y se haga entender.
Hasta entonces, estaremos preparando el terreno.
Ahora toca entender dónde estamos, bajar el humo y poner las largas.
Si hoy respiramos, creo que en el futuro sabremos reconocer el momento exacto en que el camino esté listo. Y podamos empezar a cruzar hacia la siguiente cima.