24 febrero 2026

La poderosa ayuda del entusiasmo a la buena defensa

José Ramón Chaves Por José Ramón Chaves
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Suele decirse que el foro es frío y que el lenguaje procesal debe ser impersonal y desprovisto de adjetivos y colorido. Subsiste la leyenda forense de que el buen abogado debe limitarse a exponer los hechos puros y duros, acompañados de fundamentos jurídicos precisos, desembocando en una súplica formal al juez. Sin sal, pimienta ni metáforas y a poder ser, en la vista oral sin sonrisas.

Este planteamiento procesal distante y frio resulta anacrónico e incluso contraproducente. Hoy día lo relevante es conseguir la tutela judicial efectiva, y para ello bien sabía el jurista latino Cicerón que la palabra hábil y cautivadora era el arma más valiosa para convencer. El reto del abogado actual es exponer con entusiasmo una narrativa ante el juez, aderezada con normas y claros argumentos, que le llegue a la mente y al corazón. A la mente, para que la comprenda; y al corazón, para que la plasme con convicción en la sentencia.

Eso sí, no debe confundirse “entusiasmo” con “optimismo” porque precisamente en la abogacía cierto pesimismo puede ser rentable para el cliente y para el trabajo. Me refiero al pesimismo que equivale a prudencia, a no dar por ganado un pleito, ni bajar la guardia a la hora de aportar pruebas o plantear recursos. Y como no, se puede sentir entusiasmo por la defensa de un cliente sin compartir el optimismo de éste, pues el abogado debe siempre alimentar un sano escepticismo sobre lo que se le dice o da por hecho.

Saboteadores del entusiasmo del abogado

Hay tres enemigos que acechan en la misión entusiasta del abogado, esto es, que perjudican su capacidad para transmitir  con energía la munición jurídica al proceso.

El primer enemigo es el factor tiempo, que lleva al abogado apurado a relajar el estudio del derecho, distanciarse de la investigación de los hechos, y a caer en formularios y lecturas transversales. Se olvida así que el trabajo de abogado es una labor artesanal, en la que hay que emplearse a fondo, en cuerpo y alma, y deberá hacerse en toda circunstancia: sean más o menos jugosos los honorarios, sea más o menos fuerte la posición, sea más o menos complejo el caso. El buen abogado trata cada asunto como si fuera único y como si fuera propio. De esta atención personal al caso, con el tiempo que merece, nace la pasión que favorece la persuasión.

El segundo enemigo es el elemento tecnológico. El abogado no puede convertirse en la liebre paralizada y deslumbrada por las luces de las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, el corta y pega, o  las herramientas que la publicidad oferta a los bufetes anunciando rapidez y cosechas fecundas de normas y jurisprudencia. No. La fábula de la tortuga y la liebre tienen vigencia para el abogado, pues se puede llegar más lejos pasito a pasito, con empeño personal, que confiando en el vértigo de las tecnologías. No es mejor abogado el que llega antes, ni el que llega con escritos más cargados, sino el que llega cuando hay que llegar y dice lo que realmente hay que decir.

El tercer enemigo es el contexto litigioso como juego suma cero, pues normalmente los pleitos se ganan o pierden íntegramente, aunque caben situaciones intermedias que no dejan plenamente contento a casi nadie: estimaciones parciales, victorias pírricas, decisiones procesales de incierto efecto, mediaciones, etcétera. Lo cierto es que frecuentemente el pleito es un juego serio  en el que, como decía la canción del grupo Abba, “The winner Takes it All”,  y eso comporta un estado de tensión e incertidumbre en cada litigio, que a su término será sustituido por la del siguiente pleito y así sucesivamente. O sea, será difícil mantener el entusiasmo y alta la cometa cuando se sabe que en cada vuelo acechan vientos y tormentas.

El entusiasmo se nota… y merece nota

Soy consciente de que la profesión de abogado es dura, y que la experiencia va dejando jirones de ilusión perdida en la justicia, ideales que se van arrinconando por el impacto del azar en sus múltiples manifestaciones forenses: el tropiezo procesal, el contrincante hábil, el juez frivolo, la jurisprudencia veleidosa, etcétera.

Sin embargo, se hace imprescindible luchar contra la apatía, y mantener el entusiasmo al realizar cada escrito procesal o al intervenir con alegatos en la vista oral. Se nota muchísimo desde la perspectiva del juez, el escrito procesal débil, rituario y que no parece creerse el propio letrado que lo firma. En cambio, un escrito procesal sólido, fogoso y sugestivo, cautivará al juez y al menos, le transportará al escenario de lo que merece la pena analizar con cuidado.

El entusiasmo debe mantenerse en todo el litigio, no solo en su inicio, sino en la vista oral, e incluso, si las circunstancias jurídicas son adversas, en conclusiones. Y en los recursos frente a resoluciones adversas. Hasta el rabo todo es toro, y un torero con entusiasmo siempre merecerá salir por la puerta grande.

Los escritos forenses de abogados son como los vinos. Los hay buenos, que requieren fermentación o tiempo para eliminar el vaporoso azúcar y dejar el puro licor. También hay vinos “peleones”, tempraneros y desequilibrados, como algunas demandas o contestaciones, fruto de la prisa del abogado. Y como no, hay vinos que no son ni siquiera “peleones”, como algunas demandas cuya lectura muestra que nacen “derrotadas”. Son demandas o contestaciones que arrojan la toalla al no transmitir entusiasmo, convicción, ni ese mínimo esfuerzo serio que requiere el servicio a todo cliente.

Una cualidad personal rentabilísima

Es cierto que el entusiasmo es una cualidad personal, pero bueno sería que fuese una cualidad profesional. En el caso de los abogados, es una actitud procesal fructífera. No se pierde nada, y se gana mucho.

En primer lugar, el respeto del cliente que constata el empeño del abogado que lucha por el caso como si fuera cosa personal. En segundo lugar, la autoestima del abogado ante el trabajo bien hecho, pues se gane o se pierda el asunto, la conciencia estará tranquila. En tercer lugar, si se trabaja en equipo, el entusiasmo es contagioso, como lo es la nociva apatía. Y en cuarto lugar, la posibilidad de captar la benevolencia del juez se incrementa en la tesis expuesta con entusiasmo, en ese porcentaje de litigios que estadísticamente están en la red del match-point, de enmarañada incertidumbre sobre si la razón la tiene una u otra parte.

El entusiasmo nace de la motivación, y se expresa en voluntad, coraje y productividad. Los abogados deberían tomar buena nota de lo dicho por Ramón y Cajal en su discurso cuando recibió en 1900 el Premio Moscú, otorgado en París por el XIII Congreso Internacional de Medicina: «Tengo más de obrero infatigable que de arquitecto calculador. La historia de mis méritos es muy sencilla: es la vulgarísima historia de una voluntad indomable resuelta a triunfar a toda costa… Mi norte, el enaltecimiento de la toga universitaria; mi ideal, aumentar el caudal de ideas circulantes por el mundo…». He ahí, mutatis mutandis, la noble misión de todo abogado, esfuerzo y pasión para la victoria, dignificar la profesión y si es posible, aportar un granito de ideas, interpretaciones o argumentos en derecho.  Pongamos entusiasmo al entusiasmo. Merece la pena, en la vida y en el foro.

 

 

 

 

 

 

 

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