24 marzo 2026

La inteligencia artificial y el nuevo sentido de la abogacía: una dimensión emergente

Berta SantosPor Berta Santos

El avance de la inteligencia artificial está transformando de una forma más significativa de lo que pensamos el ejercicio de la abogacía, hasta el punto de plantearnos si estamos perdiendo la humanización del ejercicio de la abogacía.

La automatización de tareas, la utilización de herramientas de inteligencia artificial en la redacción de contratos, búsqueda de jurisprudencia y elaboración de escritos jurídicos complejos, están modificando la forma de trabajar, organización y la aportación de valor de la abogacía a sus clientes.

En este contexto, gran parte del debate se ha centrado en la eficiencia, la adaptación tecnológica y la necesidad de adquirir nuevas competencias digitales. Sin embargo, existe una dimensión menos visible de este proceso que comienza a emerger con fuerza: su impacto en la vivencia personal del ejercicio de la abogacía.

Más allá de la tecnología, la irrupción de la inteligencia artificial está introduciendo, de forma silenciosa, una serie de preguntas que comienza a emerger en el ejercicio de la profesión. ¿Qué significa hoy aportar valor como abogado? ¿Dónde reside la capacidad pensamiento crítico, cuando cada vez es más acceder a una buena técnica jurídica? ¿Cómo se redefine el rol profesional en un entorno donde parte del trabajo tradicional comienza a automatizarse?

Estas cuestiones no son únicamente técnicas. Tienen una dimensión profundamente humana. Y es precisamente ahí donde muchos profesionales comienzan a experimentar una sensación difícil de nombrar: una cierta incomodidad, una duda latente o una percepción de cambio que no siempre resulta fácil de concretar.

En algunos casos, esta sensación se manifiesta como una necesidad constante de actualización, acompañada de la presión por no quedarse atrás. En otros, aparece como una pérdida progresiva de conexión con el ejercicio profesional, incluso cuando los resultados objetivos —clientes, facturación o reconocimiento— continúan siendo positivos. También puede traducirse en una exigencia interna más elevada, en la que la persona abogada siente que debe demostrar, de manera continua, su valor en un entorno que evoluciona rápidamente.

Este fenómeno resulta especialmente relevante en aquellos perfiles que ocupan posiciones de responsabilidad dentro de los despachos y en las asesorías jurídicas de empresas. Socios, directores, abogados senior y directores jurídicos, no solo deben adaptarse a los cambios, sino también tomar decisiones que afectan a equipos, estructuras y modelos de negocio. En este contexto, la presión no es únicamente técnica, sino también estratégica y, en muchos casos, emocional.

A pesar de ello, este tipo de experiencias rara vez se comparten abiertamente. La profesión jurídica ha estado tradicionalmente asociada a la seguridad, el criterio y la solidez. Mostrar dudas o cuestionamientos internos no siempre encaja con la imagen profesional que se espera proyectar. Como consecuencia, muchas de estas inquietudes se gestionan de forma individual, sin espacios claros donde poder abordarlas con perspectiva, llevándolo a un espacio de soledad, donde resulta muy difícil compartir esos cuestionamientos internos.

Sin embargo, ignorar esta dimensión puede tener consecuencias relevantes. La falta de alineación entre lo que el profesional hace y lo que siente respecto a su ejercicio puede derivar, con el tiempo, en desmotivación, desgaste emocional o dificultades en la toma de decisiones. Además, esta desconexión puede impactar en la forma de liderar equipos, en la relación con los clientes y en la capacidad de poder sobrellevar toda la tensión que conlleva el ejercicio de la abogacía.

Ante este contexto de transformación, la respuesta no siempre pasa únicamente por adquirir nuevas competencias técnicas o adaptarse a las herramientas disponibles. Si bien estos elementos son necesarios, resultan insuficientes cuando el cambio afecta directamente a la forma en que el abogado entiende su papel dentro de la profesión.

La inteligencia artificial está introduciendo, en definitiva, una oportunidad —y a la vez un desafío— para repensar el ejercicio de la abogacía desde una perspectiva más amplia. No se trata únicamente de hacer mejor lo mismo, sino de cuestionar qué tipo de práctica profesional se quiere sostener en el futuro y desde qué lugar se desea ejercer.

Responder a estas cuestiones requiere algo poco habitual en el ritmo actual de los despachos: tiempo para la reflexión. Un espacio donde poder analizar con perspectiva el momento profesional, revisar prioridades y tomar decisiones alineadas no solo con las exigencias del entorno, sino también con los valores y el sentido que cada abogado quiere dar a su carrera, cuestiones que siempre han sido fundamentales en la marca personal del abogad@.

En los últimos años, comienza a observarse una tendencia en determinados perfiles —especialmente en aquellos con responsabilidades dentro de despachos o equipos— a incorporar este tipo de reflexión como parte de su desarrollo profesional. No se trata únicamente de adaptarse al cambio, sino de hacerlo con criterio, coherencia y visión a largo plazo. Todo ello, requiere un ejercicio mayor de valentía y que las nuevas generaciones vienen demandando para la profesión, encontrar un sentido y una misión a la profesión y, para ello, son necesarias personas referentes que no únicamente se limiten a ejercer la abogacía con una excelente técnica jurídica, sino que sean capaces de poder comprender a los clientes, en sus inquietudes y en la toma de decisiones profesionales y empresariales.

Porque, en un entorno donde la tecnología avanza rápidamente, quizá el verdadero reto no sea únicamente dominar nuevas herramientas, sino sostener con claridad el propio lugar dentro de la profesión y darle a la abogacía un sentido más humano, en donde la empatía y el entendimiento de los problemas de los clientes, ocupe un lugar fundamental y esa es una capacidad profundamente humana.

Y es precisamente en ese punto donde emerge una cuestión que trasciende lo técnico y conecta con lo esencial del ejercicio profesional: no solo cómo evoluciona la abogacía, sino cómo desea cada abogado evolucionar dentro de ella. Todo ello teniendo en cuenta que los clientes siguen siendo personas que, ahora más que nunca, necesitan una abogacía basada en la máxima atención y en la escucha activa.
En este sentido, cobra especial relevancia la idea expresada por Maya Angelou: “Las personas olvidarán lo que dijiste, olvidarán lo que hiciste, pero nunca olvidarán cómo les hiciste sentir.”

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