01 octubre 2026

Lo que los abogados me enseñaron sobre mi propio oficio

Por Fauve Billard, redactora del Departamento de Comunicación del Consejo General de la Abogacía Española.

periodistas y abogadosCuando empecé a trabajar rodeada de abogados, pensaba que nuestras profesiones tenían bastante poco que ver. Ellos trabajaban con leyes, procedimientos, sentencias y plazos; yo, con mensajes, medios de comunicación, KPIs, reputación y palabras. Compartíamos proyectos, reuniones y algún que otro “hola, qué tal”, pero, al menos sobre el papel, cada uno pertenecía a un mundo bastante distinto.

Con el tiempo, sin embargo, empecé a escucharle trabajar y me ocurrió algo que no esperaba: cada vez reconocía más mi propia profesión dentro de la suya. Lo veía, por ejemplo, cuando alguien intentaba explicar un asunto especialmente complejo y me daba cuenta de que el verdadero reto no estaba en conocerlo (lo conocía perfectamente), sino en conseguir que los demás pudiéramos entenderlo. Lo veía cuando una palabra cambiaba por completo el sentido de una frase, cuando había que decidir qué contar primero para que todo lo demás se entendiera, o cuando una pregunta aparentemente sencilla conseguía llegar mucho más lejos que una explicación de 20 minutos.

Sobre todo, empecé a reconocer algo que quienes trabajamos en comunicación conocemos demasiado bien: la obsesión por encontrar las palabras adecuadas. Nosotros las cambiamos de sitio, las quitamos, volvemos a ponerlas, discutimos durante demasiado tiempo sobre una frase que probablemente nadie más analizará con tanto detenimiento y sabemos que, a veces, sustituir una palabra puede cambiar completamente la manera en que se recibe un mensaje. Yo pensaba que aquello era muy nuestro, pero resulta que no.

Cuanto más conozco la abogacía, más evidente me parece que una parte enorme de su trabajo también consiste en comunicar, y no únicamente cuando un abogado se pone en pie ante un tribunal, que quizá sea la imagen más evidente y, desde luego, la más cinematográfica. Ocurre mucho antes, cuando escucha a un cliente que todavía no sabe muy bien cómo explicar lo que le ha pasado, cuando intenta descubrir qué hay realmente detrás de un problema, cuando ordena unos hechos que llegan desordenados o cuando tiene que traducir algo técnicamente impecable a un lenguaje que alguien que no ha estudiado Derecho pueda comprender.

También ocurre cuando negocia, cuando pregunta, cuando negocia y, aunque pueda parecer contradictorio tratándose de dos profesiones que viven en buena medida de las palabras, cuando decide que en ese momento lo mejor es no decir nada.

Fue entonces cuando empecé a pensar que igual nuestros mundos no estaban tan alejados como había supuesto. Y como suele ocurrirme cuando una idea empieza a rondarme la cabeza, quise tirar un poco del hilo. Resulta que había que tirar bastante.

Hace más de 2.000 años, en la Atenas del sigo V a.n.e., los ciudadanos tenían que defender personalmente sus causas ante los tribunales. No podían encargar a un abogado que hablara por ellos, así que uno podía encontrarse en la situación bastante poco envidiable de tener muchísimo en juego, saber perfectamente lo que había sucedido y, aun así, no tener la menor idea de cómo explicarlo de una manera que convenciera a quienes iban a juzgarlo.

De aquellas necesidades aparecieron los logógrafos, personas cuyo trabajo consistía precisamente en escuchar esos relatos, reconstruir los hechos, separar lo importante de lo accesorio, ordenar las ideas y escribir un discurso que después el propio ciudadano tendría que defender ante el tribunal.

Cuando leí sobre ellos pensé que todo aquello me resultaba sospechosamente familiar porque, salvando 2.500 años de distancia, unas cuantas togas y bastantes cambios procesales, el problema de fondo sigue siendo prácticamente el mismo que encuentro cada día trabajando en comunicación: tenemos algo importante que decir y necesitamos conseguir que otra persona no solo lo escuche, sino que entienda exactamente lo que queremos transmitir.  Y eso es bastante más difícil de lo que parece.

Tendemos a pensar que comunicar empieza en el momento en que abrimos la boca o escribimos la primera palabra, cuando en realidad para entonces una parte importante del trabajo ya debería estar hecha. Antes hemos tenido que comprender qué queremos decir de verdad, decidir qué importa y qué sobra, pensar en quién tenemos delante, preguntarnos que necesita saber y aceptar incluso que ese argumento que a nosotros nos parece incontestable, igual no resulte tan evidente para quien lo escucha.

En comunicación hablamos constantemente de públicos, mensajes, credibilidad o confianza y, desde que trabajo más cerca de la abogacía, me sorprende comprobar hasta qué punto puedo cambiar algunos nombres y seguir encontrando las mismas preguntas. Y como he dicho antes, incluso compartimos una pregunta que cada vez me parece más importante: ¿cuándo es mejor callarse? Hay momentos en los que comunicar bien consiste precisamente en resistir esa tentación tan humana (y tan profesional) de llenar cualquier espacio con palabras.

Pero quizá lo que más me ha llamado la atención al acercarme a este mundo es que comunicación y abogacía comparten algo todavía más profundo, pues las dos profesiones viven, en buena medida, de interpretar. A nuestras manos llegan hechos, emociones, versiones, intereses y mucho ruido.

Por supuesto, las similitudes tienen un límite. Yo no podría defender a nadie ante un tribunal y sospecho que la mayoría de los abogados con los que trabajo elegirían voluntariamente gestionar una crisis de comunicación un viernes a las siete de la tarde, aunque, probablemente, esa sensación de que el problema más urgente de la semana aparece cuando uno ya estaba cerrando el ordenador, les resulte algo familiar.

Lo curioso es que, desde que empecé a observar todo esto, ya no puedo dejar de verlo. Llegué pensando que trabajamos en dos universos completamente paralelos y he terminado descubriendo que llevamos muchísimo tiempo haciéndonos las mismas preguntas, aunque después utilicemos las respuestas para cosas diferentes.

Quizá por eso me gusta tanto trabajar con abogados. Porque detrás de las leyes, los procedimientos y ese lenguaje jurídico que todavía me obligar a releer alguna frase tres veces, encuentro constantemente algo que reconozco: personas intentando comprender bien una historia antes de decidir cuál es la mejor manera de contarla.

Y, ahora que lo pienso, eso también es exactamente lo que hago yo.

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