29 abril 2026

Inteligencia artificial: la tentación de delegar el pensamiento

Por José Domingo Monforte, abogado de DOMINGO MONFORTE Abogados Asociados.

inteligencia artificial aiLa inteligencia artificial está transformando con rapidez los instrumentos de trabajo de la abogacía. Sin embargo, el verdadero desafío que plantea no es tecnológico, sino intelectual. La cuestión decisiva no consiste en determinar si los abogados utilizarán estas herramientas —algo ya inevitable—, sino en preservar la memoria jurídica, el pensamiento crítico y el juicio profesional que constituyen el núcleo del razonamiento jurídico. Utilizada con criterio, la inteligencia artificial puede liberar al jurista de tareas repetitivas y devolverle tiempo para pensar el derecho; utilizada sin vigilancia intelectual, puede generar dependencia y debilitar las facultades que sostienen el oficio.

Cada generación de abogados ha tenido que aprender a convivir con los instrumentos de su tiempo. Hubo una época en la que el dominio del derecho exigía largas horas entre códigos impresos, repertorios jurisprudenciales y bibliotecas jurídicas donde cada consulta requería paciencia, método y memoria. El conocimiento jurídico se construía lentamente, a través de la lectura, la reflexión y la repetición disciplinada de ese ejercicio intelectual que consiste en estudiar hasta que el derecho comienza a formar parte de la propia inteligencia.

Después llegaron las bases de datos digitales, los buscadores jurídicos y los procesadores de texto capaces de reorganizar en minutos lo que antes exigía largas horas de trabajo manual. Aquellas herramientas cambiaron los ritmos del trabajo jurídico, pero no alteraron la naturaleza del oficio. El abogado seguía teniendo que comprender el conflicto, interpretar el derecho y construir un juicio propio sobre la mejor manera de resolver el caso.

Hoy asistimos a una transformación más profunda. La inteligencia artificial ha irrumpido en el ámbito jurídico como una herramienta capaz de ordenar información, explorar precedentes, sugerir argumentos y producir textos con una rapidez desconocida hasta ahora. Su potencia es evidente y sus posibilidades resultan extraordinarias. Pero precisamente por esa razón conviene detenerse un momento para examinar qué tipo de relación queremos establecer con ella.

La cuestión de fondo no es tecnológica. Es intelectual.

Cada herramienta nueva obliga a preguntarse qué parte del trabajo alivia y qué parte del pensamiento puede debilitar si se utiliza sin vigilancia. El verdadero reto no consiste solo en aprender a manejar estos instrumentos, sino en conservar intacta la facultad de pensar críticamente.

El pensamiento crítico no es desconfianza sistemática ni resistencia al cambio. Es la capacidad de examinar lo que se ofrece, contrastarlo con la realidad del caso, medir sus límites y decidir qué valor tiene —y qué valor no tiene— para el problema jurídico concreto. Sin ese filtro, la herramienta manda; con él, la herramienta sirve.

La tentación inicial frente a estas tecnologías suele adoptar dos formas opuestas. La primera consiste en rechazarlas por completo, como si constituyeran una amenaza para la esencia misma del oficio. La segunda, igualmente ingenua, consiste en entregarse a ellas sin reservas, como si fueran capaces de sustituir el criterio humano. Ninguna de las dos posiciones resulta sensata.

El ejercicio del derecho siempre ha convivido con instrumentos técnicos, y la inteligencia artificial no es más que uno más, aunque extraordinariamente poderoso. El verdadero desafío no consiste en aceptar o rechazar la tecnología, sino en aprender a gobernarla.

Las herramientas no deben sustituir al pensamiento, sino ampliarlo. Deben liberar tiempo de tareas mecánicas, de trabajos repetitivos y de esas actividades que actúan como verdaderos ladrones de tiempo, consumiendo horas sin aportar verdadero valor intelectual. Bien utilizadas, pueden devolver al abogado algo cada vez más escaso: tiempo para pensar. Y pensar es, en esencia, la sustancia del oficio.

El riesgo aparece cuando la herramienta deja de ser un medio y se convierte en un sustituto del juicio. Cuando el profesional delega en la máquina lo que antes ejercitaba por sí mismo —la memoria, el razonamiento, la capacidad de relacionar conceptos— el equilibrio se rompe.

El peligro no está en la tecnología. Está en la dependencia.

Plutarco recoge en su reflexión sobre el arte de vivir una imagen que ayuda a comprender este riesgo. Cuenta que en Olinto existía un lugar conocido como “Mataescarabajos”. Allí, según la tradición, los escarabajos caían en un pequeño recinto del que ya no podían salir. Daban vueltas sin cesar, giraban sobre sí mismos y terminaban muriendo dentro de aquel espacio del que nunca lograban escapar. La imagen describe con precisión una forma de extravío: el movimiento continuo que no conduce a ninguna parte.

Algo semejante podría ocurrir con el uso irreflexivo de las nuevas tecnologías. El profesional puede quedar atrapado en un circuito de consultas automáticas, respuestas inmediatas y soluciones prefabricadas que, lejos de ampliar su pensamiento, lo empobrecen. Se gira entonces en torno a la herramienta, pero sin avanzar en la comprensión del problema. La actividad aumenta, pero el juicio disminuye.

Plutarco ofrece otra imagen igualmente reveladora. En uno de los frescos atribuidos a Polignoto en Delfos aparece representado un personaje del Hades llamado Ocnos. La escena lo muestra trenzando juncos con gran esfuerzo mientras un asno, situado detrás de él, va devorando la cuerda que acaba de fabricar. El trabajo nunca se completa: todo lo que produce desaparece inmediatamente. A partir de esa escena, “trenzar los juncos de Ocnos” se convirtió en una expresión para describir el trabajo inútil.

Durante mucho tiempo, buena parte del trabajo jurídico ha consistido precisamente en ese tipo de tareas repetitivas: búsquedas interminables, reorganización manual de información, revisión mecánica de textos. Las nuevas herramientas pueden aliviar ese tipo de trabajos estériles y devolver al profesional aquello que realmente necesita para ejercer con plenitud: tiempo para pensar y profundizar en el caso.

Pero para que esa promesa se cumpla es necesario preservar algo que ninguna tecnología puede sustituir: la memoria jurídica.

La necesidad de ejercitar la memoria.

La memoria no es un simple almacén de datos. Es una forma de comprensión. Permite que el conocimiento no se disperse en fragmentos aislados, sino que se ordene en una arquitectura interior del derecho. El abogado experimentado no consulta siempre desde cero: reconoce estructuras, anticipa argumentos, percibe conexiones entre materias distintas y recuerda soluciones que la experiencia ha ido depositando en su inteligencia.

Cuando todo se delega en sistemas externos de consulta, esa arquitectura interior se debilita. El conocimiento permanece disponible, pero deja de formar parte del pensamiento propio. Se consulta más, pero se comprende menos.

Este riesgo no es nuevo. Mucho antes de que existieran las tecnologías contemporáneas, Platón ya lo había advertido. En el diálogo Fedro, Sócrates relata el mito del dios egipcio Theuth, inventor de la escritura. Cuando presenta su descubrimiento al rey Thamus, lo describe como un remedio para la memoria. El rey responde con una advertencia: la escritura no fortalecerá la memoria, sino que puede debilitarla, porque los hombres confiarán en signos externos en lugar de ejercitar su recuerdo interior. La lección es clara. No se trata de rechazar la herramienta, sino de comprender su efecto sobre nuestras facultades.

Cada instrumento que amplía nuestras capacidades puede, al mismo tiempo, adormecer aquellas que antes ejercitábamos. Cuando el conocimiento se deposita exclusivamente fuera de nosotros, corremos el riesgo de conservar información sin haberla comprendido plenamente.

Algo parecido puede ocurrir hoy con la inteligencia artificial. El acceso inmediato a enormes cantidades de información crea la ilusión de que saber consiste simplemente en poder consultar. Pero el conocimiento jurídico exige algo más: interiorización, relación entre conceptos, experiencia y juicio.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a acceder al conocimiento. La memoria es la que nos permite comprenderlo. Por eso el verdadero desafío que estas tecnologías plantean al ejercicio de la abogacía no es técnico, sino intelectual.

Cada época ha contado con sus instrumentos, y cada generación ha debido aprender a utilizarlos sin permitir que sustituyan aquello que da sentido a su trabajo. En el derecho, ese núcleo permanece inalterado.

La cuestión decisiva no es si la abogacía utilizará inteligencia artificial. Eso es inevitable. La cuestión verdaderamente importante es otra: quién gobierna a quién.

Si el abogado utiliza la tecnología para ampliar su capacidad de análisis, ordenar mejor la información y liberar tiempo para pensar, entonces la herramienta cumple su función y el oficio se fortalece. Pero si el profesional delega en ella su propio juicio, su memoria o su criterio, lo que parecía una ayuda termina convirtiéndose en una forma de dependencia.

La abogacía nunca ha sido una profesión de mera ejecución. Es, antes que nada, un ejercicio del juicio. Y el juicio —como la prudencia que lo acompaña— no puede delegarse.

Puede apoyarse en herramientas, enriquecerse con nuevas fuentes de información y beneficiarse de una capacidad de procesamiento que antes resultaba impensable. Pero el acto final de comprender, valorar y decidir sigue perteneciendo al abogado.

Por eso el desafío de nuestro tiempo no consiste en resistirse a la tecnología, sino en aprender a convivir con ella sin abdicar de lo que constituye el núcleo del oficio. Dominar las herramientas sin perder el pensamiento. Utilizar la velocidad de las máquinas sin sacrificar la pausa que exige el juicio. Acceder a más información sin debilitar la memoria que permite comprenderla.

Porque, al final, no será la inteligencia de las máquinas la que defina el porvenir del derecho, sino la calidad y la cualidad del pensamiento de quienes las utilizan.

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