25 septiembre 2026
El respeto que sostiene una profesión
Por Ainhoa Goñi, directora de Comunicación de Abogacía Española.
No soy abogada. Soy periodista. Y quizá precisamente por eso hay aspectos de la abogacía que me llaman la atención de una manera especial.
Llevo relativamente poco tiempo trabajando cerca de esta profesión, observándola desde dentro, asistiendo a sus actos y conociendo a a personas que la ejercen. Y, si hay algo que me sorprendió desde el primer momento, y que sigue sorprendiéndome hoy, es el profundo respeto que existe entre compañeros.
Es un respeto que se percibe en los pequeños detalles. Los abogados pueden defender posiciones completamente opuestas, enfrentarse con firmeza en sala y sostener argumentos radicalmente distintos en defensa de los intereses de sus clientes. Sin embargo, cuando se dirigen unos a otros se llaman “compañero” y “compañera”. Puede parecer una simple fórmula de cortesía, pero yo creo que es mucho más que eso.
En una sociedad donde a menudo la discrepancia se confunde con el enfrentamiento, y donde la competencia parece imponerse cada vez más a la colaboración, resulta reconfortante comprobar que existen profesiones que han sabido preservar una cultura basada en el respeto mutuo. Esta cultura reconoce al otro como parte de una misma comunidad profesional, incluso cuando se encuentra en la posición contraria.
Con el tiempo, he descubierto que ese respeto no es solo una cuestión de lenguaje, sino que forma parte de la identidad misma de la abogacía. Está presente en la forma en que los profesionales se relacionan entre sí, en el papel que desempeñan los Colegios de la Abogacía y, especialmente, en la manera en que se recibe a quienes comienzan a ejercer la profesión.
Al poco tiempo de entrar a formar parte de Abogacía Española, tuve la oportunidad de asistir al acto de incorporación de nuevos colegiados y colegiadas del Colegio de la Abogacía de Pamplona. Y una vez más pensé que hay algo especialmente valioso en la forma en que esta profesión da la bienvenida a quienes empiezan.
Porque nadie llega solo.
Los nuevos abogados juran o prometen su profesión rodeados de compañeros, familiares y amigos. Lo hacen en su Colegio de la Abogacía y juntos a quienes les apadrinan en un momento tan importante de sus vidas.
A veces, ese padrino o madrina es un mentor que les ha ayudado durante sus primeros pasos. Otras veces es un familiar que conoce bien las exigencias y las satisfacciones de la profesión. Y, cuando no existe esa figura cercana, siempre aparece alguien dispuesto a asumir ese papel.
Un miembro de la Junta de Gobierno, la propia decana o decano o, incluso, como he tenido ocasión de ver, el presidente del Consejo General de la Abogacía Española.
Y hay algo profundamente significativo en ese gesto, que a mí me gustó especialmente.
Todos recordamos lo que significa empezar: la ilusión de alcanzar una meta largamente perseguida suele ir acompañada de incertidumbre, de preguntas y de cierta sensación de vértigo. Comienza una nueva etapa y nadie sabe exactamente qué desafíos encontrará en el camino. Por eso resulta tan importante que quienes llegan se sientan acompañados.
Y si hay un momento especialmente emocionante dentro de estas ceremonias, es el de la imposición de la toga. Algunos colegios mantienen esta tradición en la que los padrinos colocan la toga a los nuevos abogados antes de su incorporación definitiva a la profesión.
Es un gesto sencillo, que apenas dura unos segundos, pero que encierra un simbolismo enorme.
Porque en ese instante no se entrega únicamente una toga. En ese momento se transmite una herencia profesional y se reconoce el esfuerzo realizado para llegar hasta allí. Con esa toga se da la bienvenida a una comunidad que comparte principios, responsabilidades y valores. Y también se recuerda, a quienes comienzan, que pasan a formar parte de una profesión con una larga historia y una importante función social.
Mientras observaba esas imágenes en Pamplona pensaba que quizá eso es lo que más me gusta de la abogacía. No solo su compromiso con la defensa de los derechos o su papel esencial en el Estado de derecho y en el Turno de oficio. Una de las cosas que me gusta es esa capacidad de generar comunidad y de hacer que, quienes empiezan, se sientan parte de algo desde el primer día.
Tal vez porque vengo del periodismo, una profesión maravillosa pero mucho más individual en muchos aspectos, me llama especialmente la atención esta manera de cuidar los vínculos entre generaciones y esa voluntad de acompañar, orientar y tender la mano a quienes ocuparán nuestro lugar.
No es algo menor. Las profesiones se fortalecen cuando son capaces de transmitir conocimiento, experiencia y valores. También cuando entienden que el prestigio colectivo depende de la forma en que se trata a quienes empiezan y cuando convierten el respeto, no solo en una norma de comportamiento, sino en una seña de identidad.
La foto de los nuevos colegiados rodeados de su Colegio, su Junta de Gobierno, su decana y el presidente del Consejo General de la Abogacía Española, reflejan un momento importante para quienes las protagonizan, y representa algo más:
A una profesión que sigue creyendo en el compañerismo, y que entiende que el respeto es una fortaleza y no una debilidad. Y una profesión que, incluso en un mundo cada vez más acelerado, sigue encontrando tiempo para recibir a los nuevos compañeros y decirles, de forma clara y visible, que ya forman parte de ella. Una vez más, la unión hace la fuerza.




