13 noviembre 2019

Bittor Garamendi, abogado y fraile franciscano: “Lo importante es el secreto natural humano. Todos precisamos de alguien en quien confiar”

Por Maria José Cámara

Bittor Garamendi

Bittor Garamendi es abogado y fraile franciscano. Este letrado ha sabido coordinar su  vocación jurídica especializada en Derecho de Familia, con la religiosa. En la actualidad, desarrolla el cargo coadjutor en la parroquia de los Padres Franciscanos en Duque de Mandas de Donostia.

Por su labor como letrado al servicio de la profesión, el Colegio de Abogados de Gipuzkoa ha reconocido su trayectoria y le ha hecho entrega del Premio “Domingo Arizmendi” a la Ética Jurídica, por su “modelo de compromiso ético y su comportamiento afable, sencillo y honrado”, además de por representar los valores de “solvencia ética y deontológica del Derecho”.

  1. ¿Cómo se compatibiliza la profesión de abogado y la vida eclesiástica?

Una cosa es la actividad habitual, tu trabajo profesional y otra es el estilo de vida, ya más personal e íntimo; así como uno opta por contraer matrimonio y sin embargo tiene una labor profesional que ejerce a diario.

  1. ¿En alguna ocasión el ejercicio profesional le ha supuesto un conflicto para sus creencias?

He podido tener conflicto no en el ejercicio en sí, pero sí en las exigencias de los clientes, porque estiman que, como se nos paga, tenemos que seguir las directrices del cliente. Esto es, conflicto entre el abogado y el cliente, pero no en el ejercicio de la profesión. El  abogado tiene sus propios principios éticos, y eso lo debe dar a conocer al  cliente y ser honesto y consecuente

Yo siempre he dicho que el abogado no debe ser el mecanógrafo de los caprichos del cliente, sino hacerle ver al cliente lo que es justo, lo que exige una ética y lo que es  acorde con la normativa legal.

  1. ¿Ambas profesiones son imposibles sin vocación? Y sin rigor deontológico?

Toda profesión exige vocación, al menos en  el transcurso de su ejercicio, puede que lo que en un principio te ha motivado no concuerde con la vocación, pero con el tiempo te enamoras de tu profesión y llegas a ser consciente de que ese era  tu camino, tu vocación.

El rigor deontológico es fundamental, porque precisamos de unas normas y planteamientos éticos, sin los cuales toda actuación humana estaría falta de autenticidad y de rigor. 

  1. ¿Su experiencia como fraile contribuye a fomentar la mediación para resolver los conflictos?

La mediación es necesaria en todo conflicto, pero creo que la mediación, al menos en asuntos conyugales y familiares, debiera ser una exigencia anterior al inicio de toda iniciación de actuación judicial. Cuando nace un conflicto fuerte o grave buscar a alguien que pueda ejercer de mediador: un familiar, un amigo, un sacerdote, un psicólogo, etc., en definitiva, alguien en quien confíen ambas partes, debe ser una opción presente. Alguien que tenga conocimientos y experiencia en problemas familiares, prestigio y tacto.

Se puede tomar como principio: el abogado la última persona a quien recurrir, el Juzgado la última institución a la que recurrir.

  1. ¿Por qué decidió especializarse en Derecho matrimonial? ¿Cómo afronta los casos de divorcio?

Una vez que finalicé los estudios en el Seminario Franciscano de Arantzazu (Oñati- Gipuzkoa) los superiores me destinaron a la Universidad Antonianum de Roma para Licenciarme en Derecho Canónico y poder volver al Seminario como profesor de Derecho Canónico. Mientras estaba en 3º de Derecho, recibiendo algunas clases en el Tribunal de la Rota Romana, mi superior me dijo que volviera al Seminario de Arantzazu, ya que se habían quedado sin profesor. Pero, al darse cuenta el superior  que, al volver al Seminario, no podía presentar en su día la tesis, me indicó que podría hacer  Derecho civil en España.

Así volví a Arantzazu como profesor, pero opté por matricularme en Derecho en la Universidad de Navarra, donde finalicé mis estudios, pudiendo compaginar mis clases en el Seminario con el estudio de Derecho en Pamplona.

Ya con mis dos títulos de Derecho, pensé que éstos no podían limitarse a estar enmarcados en una pared, sino que me pareció interesante “ejercer” y así me colegié en el Colegio de Abogados de Gipuzkoa. En Derecho Canónico se da particular importancia al Derecho matrimonial, y estimé que lo mejor para mí era seguir por la especialidad del Derecho de Familia, donde he estado hasta hace algo más de un año.

Yo afronto los casos de divorcio, con naturalidad y sin ningún conflicto:

1º los ministros del matrimonio son los propios contrayentes;

2º el sacerdote que actúa en el matrimonio es “testigo cualificado de la Iglesia”;

3º hay personas que confían en el sacerdote más que en otros profesionales;

4º interesa que las medidas a establecer sean razonables y éticas, y es una ayuda con la pareja;

5º cuando la pareja llega a esa situación es que su convivencia ha fracasado y no cabe solución.

Y aquí cabe lo que anteriormente señalaba de la mediación ante de judicializar el asunto.

  1. ¿Qué diferencia hay entre el secreto profesional y el secreto de confesión?

Para mí lo importante es el “secreto natural humano”. Todos precisamos de alguien en quien confiar, que sea “una tumba” de interioridades; por lo que toda fiabilidad lleva consigo la obligación de un secreto, sea del tipo que sea, no hay un más y un menos; mejor dicho, todos son “más”. (Para titular)

Lo que ocurre con el secreto de confesión es que se le ha dado un matiz especial, totalmente arcano, y que el penitente está totalmente confiado en el sacerdote. Y eso  cuesta borrarlo. Ciertamente es un problema y grave que  la Iglesia tendrá que resolverlo y explicarlo a los fieles.

El secreto profesional jurídico también es algo que los abogados lo han defendido y me parece bien, dada la fiabilidad que el cliente deposita en el abogado. Por eso yo le doy importancia a lo que he llamado “secreto natural humano”, ya que debe existir un medio de total fiabilidad.

  1. ¿Ejercer la abogacía le ha generado alguna dificultad dentro de la comunidad?

Ciertamente no he tenido ninguna dificultad, antes al contrario, siempre me han ayudado, animado y confiado en mí. Les estoy eternamente agradecido.

Fuera de mi entorno religioso tampoco he tenido dificultad, más que todo cierta extrañeza, particularmente por mi especialidad en el Derecho matrimonial (separaciones, divorcio, herencias…)

  1. ¿Qué supone para usted ser el primer letrado del Colegio de Abogados de Gipúzkoa

en recibir el Premio Domingo Arizmendi?

Sé que se había creado un Premio de Ética Jurídica por las noticias que nos  envía el Colegio de Abogados. Pero cuando me llamaron del Decanato del Colegio lo que menos me imaginaba es que me llamasen para comunicarme que me habían otorgado, por unanimidad, el Premio Domingo Arizmendi. Ni me imaginaba. Fue grande la sorpresa y, verdaderamente me hizo mucha ilusión y  más por la razón del Premio “Ética Jurídica”, porque no es esa la fama que tenemos los abogados y parece que debemos estar faltos de ella, eso dice la gente, pero yo creo que los abogados actúan con toda ética y procurando siempre el bien del cliente. Por eso para mí, como religioso que soy fue algo agradable el recibirlo.

Creo que había y hay muchos compañeros merecedores de tal Premio; y no dudo de que lo  recibirán.

  1. Tras más de cuarenta años de ejercicio de la profesión, ¿cómo ha evolucionado la abogacía?

Ciertamente desde cuando yo entré en el año 1971 ha evolucionado mucho:

  1. Desde lo material: la máquina de escribir, las copias con papel de cebolla, las estancias pequeñas, hoy más personal y con técnica moderna
  2. Desde acomodación de la legislación al momento actual: nuevas leyes, nuevos planteamientos…
  3. Personal más especializado en todos los estamentos de los Juzgados y Audiencia
  4. Edificios modernos y adecuados

 

  1. ¿Qué prevalece en su vida: la toga o el hábito?

Al ser yo religioso franciscano, en mi vida prevalece el “hábito” (franciscano marrón), aunque yo voy de paisano, como los demás.

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