Imagen de perfilIMPARTIENDO JUSTICIA

Eva María Cardona Guasch 

No necesito parte de lesiones. Obviamente, la trifulca ha llegado a las manos. A las uñas, concretamente. Ordeno un careo. Reproches mutuos. Obtengo información pero a costa de un nuevo amago de riña y agresión, que logro contener yo misma.

Como más vale prevenir que reparar daños, mientras cavilo el veredicto (y de paso, tomo un respiro), impongo unas medidas cautelares que, dadas las circunstancias, juzgo imprescindibles: orden de alejamiento y libertad vigilada.

Aprovecho el silencio para recordar las pautas que me sirven de guía: firmeza, imparcialidad, rectitud, proporcionalidad de la pena. A punto de dictar resolución y castigo para ambos, llega a mis oídos una manifestación de arrepentimiento que aplicaré como atenuante:
– Lo siento.

Desde la habitación contigua:
– Yo también, mami

No puedo evitarlo. Al llegar a casa, ¡qué pronto olvido que soy abogada y qué rápido saco a la juez que no llegué a ser!

 

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