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3 noviembre, 2017 Que pase el acusado. Cine Jurídico.

Blade Runner: la identidad del yo

Eduardo Torres Dulce

 

Blade Runner (1982) es una película camino de la intemporalidad, una cualidad rara en las películas de ciencia ficción en las que, como en las siete y media proclamaba Don Mendo o no llegas o te pasas. Inspirada en una nouvelle, ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’,  obra de Philip K. Dick –un escritor tan genial como subvalorado-, la película de Ridley Scott, y en su versión estrenada en su día de sus productores, profundiza con desesperada romanticismo en el problema de la identidad en un mundo posmoderno en el que los robots, los androides, han sido convertidos en  esclavos que en remotos planetas enriquecen con trabajos forzados a las grandes corporaciones  que dominan todo. El policía Deckard (Harrison Ford) es  un blade runner, un  investigador que debe detectar una generación rara de  androides de apariencia humana, los replicantes, cuya naturaleza robótica parece descontrolada. En un Los Angeles  sobrepoblada, un crisol de razas  y criaturas de todo tipo, Scott planea una película noir en estado puro permitiendo que los elementos característicos del género, dureza, romanticismo caché, melancolía, desesperación y amor, se alíen con un discurso de ribetes político filosóficos y en que la idea de la Creación se adentra en el mundo de la identidad. Esos replicantes  que huyen sin cesar de la destrucción se asemejan a Angeles Caídos; se rebelan ante la idea de una muerte civil. La tragedia que anuda su existencia es si, misteriosamente, inesperadamente, esas máquinas perfectas de apariencia humana, sueñan, poseen recuerdos, sienten, porque si es así su condición de cosa, de objeto, de  pedazos de tecnología sofisticada, ya no sirven o peligra su estatuto de  siervo, de esclavo.

La investigación de Deckard, repleta de peligros físicos, le amenaza con peligros morales. De un lado porque una sospechosa Rachael  (Sean Young) aviva en Deckard la llama del amor, del deseo, y si la detiene y la desconectan, parte de sí mismo comienza a morirse. Pero el más peligroso de los replicantes, Roy Batty (Rutger Hauer)  es aún  más peligroso por cuanto antes de morir confiesa su humanidad,

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

A partir de ese momento Deckard comienza a pensar en el alama de los replicantes, en su identidad, y a dudar acerca  de un unicornio que le persigue en sus sueños. 

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