22 enero 2016

Pasión por la justicia

Randy Schoenberg, el abogado que encarna Ryan Reynolds en La dama de Oro, dirigida por Simon Curtis, forma parte de la galería de retratos del Hall of  Fame de los abogados de ficción cinematográfica, al que, parafraseando la Biblia –“el celo de tu casa me devora”- , la pasión  por la causa que defiende en un pleito le lleva a esclavizarse emocionalmente con el mismo, a considerarlo, como dice otro ilustre colega, el abogado Galvin de Veredicto Final, “éste no es un pleito, es el pleito”.

Schoenberg, como el citado Frank Galvin–Paul Newman-; como el Jan Schlichtman–John Travolta- de Acción Civil; el fiscal de Fracture;  Sir Robert Morton–Jeremy Northam- en El caso Winslow; Donovan–Tom Hanks- de El puente de los espías, hacen de su alianza profesional con el cliente y con el objetivo del pleito, recuperar una obra de arte robada por los nazis, un caso de mala praxis médica, una mortal contaminación medioambiental, una coartada diabólicamente elaborada para escapar impune de un parricidio, la rehabilitación del honor mancillado de un joven cadete, la defensa de un espía comunista extranjero, algo más que un desafío personal, aunque en todos los casos latan también las huellas de una justificación personal; para ellos esos pleitos se transforman en una suerte de cruzada profesional en la que los molinos de viento bien reales lo constituyen las complejidades procesales, la presencia asfixiante para la justicia de grandes corporaciones, el statu quo del establishment, jueces corruptos o influyentes  adversarios.

Esa cruzada, y en muchos casos viacrucis profesional e incluso personal, va más allá de la lucha que implica lealtad con su cliente y competencia profesional  o dignidad ética  o exigencia deontológica. Es algo más, es un compromiso con la idea de Justicia, una idea de Justicia  que no es meramente simbólica, que  no es un enunciado abstracto, sino el paradigma de equilibrio social, de fiel de la balanza en la que los más débiles y desprotegidos del pacto social encuentren quien los defienda más allá del rigor de las leyes. Si la Justicia es tal siempre seremos más libres y más iguales. Incluso si el derecho de defensa, esa es su grandeza que el cliente sea un vil canalla como el militar  (Ben Gazzara) al que defiende hasta la extenuación el letrado Paul Biegler-James Stewart en Anatomía de un asesinato.

Esa pasión por el oficio del abogado, por el ejercicio digno de una profesión milenaria, encuentra a veces un sentido existencial en el que se funden inextricablemente, apasionadamente, profesión y vida. Eso es lo que le sucede  al epicúreo abogado Sir Wilfrid Roberts que encarna Charles Laughton en Testigo de cargo, de tal manera que reprocha con amargura herida de raíces profundas a su cliente Tyrone Power y a su amante Marlene Dietrich cómo han hecho mofa de las leyes de Inglaterra. O cómo de la misma manera Erin Brockovich- Julia Roberts, madre sola  y llena de deberes, deudas y problemas, encara  su trabajo,  en principio rutinario y alimenticio en un  bufete, como un fin en sí mismo que le permitirá que se haga justicia a las abandonadas víctimas de un delito medioambiental de consecuencias cancerígenas.

Randy Schoenberg lo arriesga todo al defender los intereses de su clienta,  Maria Altmann-Helen Mirren, que pretende recuperar los cuadros, especialmente la delicada y hermosa Dama de oro  pintada por Klimt, que los nazis arrebataron a su familia, los Bloch– Bauer,  y que el Gobierno austríaco  pretende retener a toda costa. Schoenberg se embarca inicialmente en el  complejo pleito, como confesará más tarde por el desafío profesional, acaba de fichar por un bufete importante, de encarar un asunto de transcendencia e importancia. Al cabo descubrirá, incluso luchando con el cansancio hastiado de su clienta ante tantos inconvenientes legales e institucionales, ante tamaña injusticia frente al histórico y horrendo despojo del que su familia fue objeto. Schoenberg descubre pasando su mano por las letras del monumento vienés al Holocausto, sus raíces judías, el indeleble lazo que le une a sus abuelos ejecutados en campos de exterminio, a los  padres de su clienta, a tantos  y tantos anónimos y sufrientes de la vesania genocida nazi. Comprende que para su clienta, y finalmente para él, recuperar esos cuadros no es sólo un acto, una  exigencia de justicia material sino que es algo más. Un acto de justicia ética, algo que implica la emocionalidad de la recuperación de los recuerdos, como seña de identidad aneja a la personalidad y como proyección de la intimidad, lo que convierte el laberinto  procesal en un desafío para que la Justicia se haga  más allá de la letra estricta de la  Ley, que también ampara su pretensión, para que se cumpla la reversión del orden justo que debe regir el mundo y los seres humanos.

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