21 octubre 2013

`Morir con la toga puesta´, ganador del premio de microrrelatos en el mes de septiembre

José Alberto Barrera Marchessi, abogado civilista y actual director de la Asociación Alpha, natural de Madrid, ha sido el último ganador de la V Edición del concurso de Microrrelatos de Abogados, correspondiente a septiembre. Su relato `Morir con la toga puesta ´ ha convencido al jurado y se ha hecho con el premio de 500 euros además de optar al premio anual de 3.000.

José Alberto, de 38 años de edad, casado y padre de dos niñas, supo de la existencia del concurso por la revista `Abogados´, que recibe debido a estar colegiado. Aunque sólo llevaba participando dos meses, quería dar a conocer su historia autobiográfica y no tardó en elaborarla con las cinco palabras obligatorias. “Mi abuelo, Manuel Barrera Berro, confiesa, falleció a los 91 años, como colegiado ejerciente de Madrid y cuando me dispuse a darle de baja en el Colegio de Abogados, me propuse reivindicar su labor ya fuera a través de una noticia o una historia”, comentó emocionado al recibir la noticia.

El último ganador del V Concurso de Microrrelatos es abogado de profesión, pero ejerce desde 2009 de Coordinador Nacional de los Cursos Alpha en España y además, escribe en el blog www.religionenlibertad.com, que hasta la fecha ha tenido más de 900.000 visitas, de ahí su afición por concursos de escritura.

Cerca de 600 relatos han llegado de todas partes del mundo, con un 54% de participación masculina y un 46% femenina. Del total de relatos recibidos, el 18% proceden de la Comunidad de Madrid, seguida de Andalucía con un 14% y de Iberoamérica con un 6% del total.

El relato premiado y otros seleccionados por el jurado de entre los recibidos en el mes de septiembre pueden leerse en www.abogacia.es y www.mutualidadabogacia.com, dentro del microsite dedicado a este concurso que albergan ambas páginas web. En el mes de octubre, las palabras obligatorias son cálculo, falta, asistencia, renuncia y despacho.

Relato ganador:

Morir con la toga puesta

El ocaso de mi abuelo como abogado comenzó a los ochenta y un años. Tras años de titularidad ininterrumpida como único accionista del despacho me cedió su asiento en los estrados cuando cumplí los veinticinco años. No pasaba vistas pero conmigo al lado seguía ejerciendo la abogacía como ocupación preferente, la cual amaba mimándola con sus impecables aforismos y su trabajada prosa forense sin gerundios. Aunque ya no iba enlutado a los tribunales y superaba con creces la edad de jubilación, no tuvo empacho en aprenderse la nueva L.E.C., minutar en euros y comenzar a responder consultas por Internet. Nadie le creía tan viejo con ese serio porte profesional sólo atenuado por una fina sorna andaluza con la que fustigaba literariamente los desatinos de los contrarios para jolgorio del juez. Así murió, a los noventa y uno, como colegiado ejerciente, dejándome sus escritos, los muebles y los libros del despacho.

 

 

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